La cena de gala
Cuando al entrar al comedor, a la hora de la cena, los camareros están vestidos con sus mejores uniformes, impecables, sin una sola arruga; dispuestos en formación militar a la entrada del restaurante y saludan a los huéspedes, uno por uno, con su mejor sonrisa Profident; es que hay cena de gala.
Cuando la cena está acompañada por un pianista desgranando suavemente las melodías más dulces, somewhere over the rainbow, sentado a un piano de cola negro, brillantísimo; es que cena de gala.
Cuando la preparación de la mesa está cuidada hasta el último detalle, con el menú especial de cinco platos impreso en un pergamino cuidadosamente enrrollado, y el camarero que nunca sonríe, sonríe al colocarte la servilleta en el regazo y te llama señor; es que hay cena de gala.
Cuando de repente todo el salón se paraliza y entran el capitán y toda su plana mayor, con gesto medio marcial medio dandy, y se sientan al unísono a la mejor mesa, la mejor presentada, la que tiene aperitivos que ninguna otra tiene; es que hay cena de gala.
Cuando los comensales, ataviados con vestidos de noche con letejuelas, trajes, incluso algún frac; peinadas y repeinadas las señoras en la peluquería de a bordo; cuando los comensales que están vestidos como de boda o carnaval, se giran al entrar en el salón dos desheredados en chandal que tranquilamente y soportando las miradas de mira qué pordioseros se sientan a su mesa; es que hay cena de gala.
Cuando en plena cena de gala, debido al meneo del barco, a dos cigarros seguidos, uno detrás de otro o a la presión del qué dirán, me coge una mareo de aupa y me tengo que retirar para ir a morirme al camarote, es que soy un pichafloja.






































