Soy minero…

Antonio Molina nunca maldijo su suerte por nacer minero. No estoy muy seguro si su actitud hubiera sido la misma en el caso de que, en vez de nacer minero, hubiera nacido animador de crucero. Si alguna vez vuestros hijos se ven en la tesitura de escoger entre ser minero o animador, influid, manipulad, maquinad, lo que sea, con tal de que se decidan por la minería. Es un trabajo durísimo que acaba con la salud, pero por lo menos es digno.
En cualquier crucero, el equipo de animación es el enemigo público número uno. Salvo un pequeño grupo de adeptos que los siguen a todas partes, que se suicidarían en la cima de un volcán una noche de luna llena si ellos así lo ordenaran y que participan con entusiasmo en sus taradas actividades, clases de baile, concursos, intrépidos juegos, coreografías sin fin, siempre las mismas con distintas canciones que suenan siempre a la misma canción; el resto del pasaje los evita como si de la peste se tratase. La gente huye, se esconde, incluso he oído rumores que cuentan que alguno se ha tirado por la borda al encontrarse atrapado en un pasillo de cubierta sin retirada posible.
Su actividad se reduce a, con la música a todo volumen, meter el mayor ruido posible, gritar lo más fuerte posible, bailar lo más desenfrenadamente posible e intentar hacerte participar en sus jueguecitos lo más insistentemente posible a pesar de que tu mirada les diga que no, ¡que no coño!, como me toques te mato. Este trasiego se desarrolla, de día, en las cubiertas del barco y de noche, en las diferentes discotecas y bares interiores. Prácticamente a todas horas están al acecho para cogerte de la mano y sacarte a bailar, a concursar, a jugar o a hacer el ganso en “espectáculos” que llevan nombres como El Sombrero Loco, El Serpentone o Amas de Casa contra Empresarios.
No hay demasiados animadores, no hay turnos, siempre ves las mismas caras en todas partes. Derrochan una cantidad de energía indecente. Yo pensaba que los inflaban a cocaína en sus camarotes pero uno de nuestros agentes infiltrados se lo preguntó directamente y lo negaron con rotundidad. Yo sigo sin estar muy convencido de que no los dopen.
El resultado de este panorama desolador es que la Resistencia ha encontrado una serie de zonas francas donde el equipo de animación nunca hace acto de presencia, sitios como la cubierta de popa del puente diez, la sala de juegos de mesa, la biblioteca, el gimnasio, el lavabo de al lado de la discoteca Rock Star. Se han organizado turnos de media hora para que el que así lo quiera pueda disfrutar de su asueto con tranquilidad. Yo tengo hora para la cubierta del puente diez pasado mañana a las 16:30h. Como comprenderéis, las listas de espera son kilométricas. Ya estoy ansioso esperando mi momento, como un niño los días antes de Reyes.
Con este plan no es de extrañar la euforia que sentimos cuando de pronto, una noche, sin explicación aparente, el equipo de animación se encontró solo en sus actividades, aislado, abandonado, despreciado, solo. Todo el mundo los había abandonado a su suerte, incluso los adeptos más adeptos. La paz volvió por fin a la faz del crucero. Habíamos ganado. El equipo de animación estaba, al fin, desanimado.






































