Entre el cielo y el suelo
Recién puestos los pies en Buenos Aires y ya estaba nervioso. En la minúscula estación portuaria se amontonaban una cola inmensa de gente esperando taxis, dos atestadas paradas de autobús al centro de la ciudad, humo negro, tóxico y hordas de turistas intentando escapar de allí a toda costa. Ni rastro de taxis. Ni rastro de los autobuses que, en teoría, por allí transitan. Ni rastro de casas de cambio de moneda. Ni rastro de una oficina de información donde informen.
Y ustedes dirán, pues vaya finolis está hecho, si a la más mínima te hundes en una ciudad bastante civilizada como Buenos Aires no veas la que te espera, no te doy ni tres meses de viaje. Y sí, seguramente tengan razón, pero comprendan que diez minutos antes un camarero indio me ponía la servilleta en el regazo cuando me sentaba a la mesa y me echaba el queso rayado en la pasta. El mundo era un lugar seguro de 250 metros de eslora.
Escapamos del puerto por nuestro propio pie, mochilas al hombro, y buscamos un taxi. Por allí sólo pasaban camiones y más camiones. Camiones de ésos que con un acelerón envían a tomar por culo el Protocolo de Kyoto. Cuando conseguimos parar uno, ya empapados en sudor, resulta que no cabían las maletas, éramos cuatro pasajeros cargados hasta el recto.
Tres cuartos de hora más tarde, el siguiente taxi que conseguimos parar parecía suficientemente grande pero, ay amigo, si en el puerto no hay casa de cambio quiere decir que no hay pesos argentinos, y si no hay pesos claro, el taxista nos lleva igual, y nos cobra en euros o en dólares, como gustemos, pero la tarifa es más cara, y claro, si llevamos tantas maletas la tarifa es aún más cara, y claro, no nos va a llevar a una casa de cambio porque él hace la ruta del puerto… que, claro, como es natural, es más cara todavía. Sin ánimo de discutir, derrotados por el calor y la depresión post-crucero, aceptamos sus condiciones y nos dejamos llevar al hostal, si es que el antro en cuestión merece el nombre de hostal, pero eso ya es otra historia.
¡Adiós vacaciones! ¡Bienvenido viaje cruel











si es que la vida es dura, hermano. sino pregúntaselo a Amanda…
Dos personas no muy acostumbradas a viajar al parecer. Se animaron a salir de sus burbujas de milagro. Gente sin mundo, no apta para mantener una conversación en su idioma natal mas de 1 minuto. Su placer es descalificar todo lo que les genera envidia o lo que creen que no alcanza su nivel economico. En cambio adoran a quienes nunca podrán alcanzar o se encuentran un escalon superior económicamente.
Creo deberían dejar de lado la idea de escribir sobre lo que visitan. No les sale muy bien, y no resulta útil para ningún verdadero viajero. Las cosas obvias estan al alcance de la mano de cualquiera. Lo importante son los descubrimientos.
No se haga mala sangre, hombre, que no hay para tanto. Al fin y al cabo escribimos para nuestras madres. No nos lea, recomiéndenos a sus enemigos y tan amigos.
Echemos mano del refranero y demás frases populares, que la ignorancia parece dar alas a algunos!
Cree el ladrón que todos son de su condición
Dime de que presumes y te diré de que careces
Ver la viga en el ojo ajeno y no ver la paja en el propio
Quien se pica ajos come