Todo está en los libros
No me extraña que Borges escribiera el magnífico cuento La Biblioteca de Babel. En él, el universo es una inmensa biblioteca, inabarcable, que lo ocupa todo. Algo parecido pasa en su Buenos Aires natal, concretamente en la avenida Corrientes, minada de librerías. Librerías de novedades, librerías de segunda mano, librerías de viejo, librerías infantiles, librerías que además de vender, compran. Librerías, librerías, librerías. Librerías casi siempre abiertas, por intempestivas que sean las horas. Sin duda, vaya sin duda patillero me he sacado de la manga, Borges llevaba dentro el germen de su cuento desde niño, seguramente (patillero), desde que paseaba con su padre y en pantalones cortos por Corrientes. Discúlpenme los integristas de Borges, que los hay y muchos, por éstas mis consideraciones gratuitas sobre su vida y milagros.
Y yo, que me gustan las librerías más que a un tonto un lápiz, me pasé la primera tarde en Buenos Aires rodeado de libros, montones de libros. Libros nuevos, libros de segunda mano, libros de viejo, libros infantiles, libros que a demás de comprarse, se venden. Libros, libros, libros. Me topé con los mismos best sellers que se pueden encontrar en España, con cómics de segunda mano, miles de libros de sicología, algún libro infantil en catalán, el libro de Aznar (eeecs).
Ante tamaño festival la VISA temblaba en mi bolsillo gritando compra, compra, compra, y menos mal que Mònica estaba a mi lado y puso un poco de cordura a la situación, que si no me gasto el presupuesto de dos meses atacado por la fiebre consumista. Hasta el libro de Aznar estuve tentado de trincar. Al final tuve que conformarme con un librito de segunda mano con dos historietas de Corto Maltés, por qué coño no lo leería de niño, y un libro de viajes, de segunda mano también, sobre la Patagonia, Final de novela en Patagonia, de Mempo Giardinelli. Veinte pesos en total, un poco menos de 4 euros.
Bueno, en realidad al final no me conformé del todo porque ayer por la tarde, mientras Mònica dormía la siesta, me escabullí de la habitación y a Corrientes que me fui para comprar El Hombre Sonriente, de Henning Mankell, que me miró con ojitos tiernos la primera vez que pasé por allí. Menos mal que en un gesto de madurez y previsión llevé el dinero justo para comprar ése y sólo ese libro. Por favor, si se encuentran con Mònica no se chiven, que me mata.











Iré a avenida Corrientes cuando se acabe el overbooking de mi librería
¿Por qué crees que los argentinos, hablan y hablan y hablan, y tienen un vocabulario tan amplio?
El problema es que, una cosa es leer y otra es asimilar
Un abrazo
[...] en casi todos los restaurantes a horas intempestivas, la una de la madrugada y cosas así, incluso las librerías de la avenida Corrientes, no me provoquen que salgo para allá cagando leches, están abiertas pasada medianoche. Algún [...]