Jam Session

Como buenos guiris nos gustan las cosas típicas, y qué menos que, alojándonos en San Telmo, una de las zonas con más vida nocturna de Buenos Aires, que es todo vida nocturna; salir una ratito cada noche a explorar unos cuantos bares, esquivando las basuras que inundan sus calles. Porque allí bares hay a montones, igual que basura, y muchos de ellos tienen un grupito haciendo música en directo. Una gozada.
Ya he dicho que nos gustan las cosas típicas y el garito que más nos gustó, en la plaza Dorrego, era el más típico de todos, con sus típicas paredes pintadas con motivos egipcios, con su típico grupo de jazz y con sus típicos dry martini. En fin, el bar Nefertiti era el típico bar porteño.
Con los dry martini en unos vasos que parecían piscinas, le sobraba un poco de vermut o le faltaba un poco de ginebra para mi gusto, nos sentamos en una mesa y dedicamos unas buenas dos horas a disfrutar de la jam session que nos ofreció un grupito de jazz de cuyo nombre no puedo acordarme.
Era una jam session en toda regla. Los asistentes, que eran escasos pero, al parecer, músicos en su mayoría, se iban acercando al cabecilla de la banda para pedirle que les dejara tocar una ratito con ellos. El cabecilla siempre decía que sí. La cosa se trataba, pues, de una incesante rotación de intérpretes improvisando sobre los estándares del jazz, unos con más fortuna que otros.
La verdad es que ninguno desentonaba demasiado excepto el gordo que se puso a la batería y empezó a aporrearla como si de un concierto heavy metal se tratara. Evidentemente, en un visto y no visto, le dijeron adiós muy buenas y lo desalojaron de allí. Compadezco a sus pobres vecinos.
Mi preferida era una chiquita menuda que tocaba la batería y el bajo con mucha delicadeza y una sonrisa perpetua en la boca. Lo que me cautivó de ella fue su eterna sonrisa, en contraposición a las muecas de concentración y de mira qué bien lo hago del resto de los músicos del mundo. Ella se lo estaba pasando bien y sonreía, así de natural, así de sin pretensiones. Otro dry martini por ella.
En una esquina del local se sentaban dos viejos a los que todo el mundo conocía y saludaba con un beso en la mejilla, aquí todo el mundo se saluda con un beso en la mejilla. Iban ataviados con camisa, americana y un colorido pañuelo por corbata, a la francesa. Seguían atentos las evoluciones de la música y cuchicheaban cosas sobre los nuevos valientes que saltaban al ruedo. Yo sostenía que eran novios. Mònica sostenía que no, que eran antiguos músicos que venían a ver a las nuevas generaciones. Fueran lo que fueran, me parece una buena forma de ser viejo.
Cuando salimos del bar, el gordo aporreador de baterías estaba intentando atentar de nuevo contra el pobre instrumento. Espero que no le dejaran. Caminamos rumbo al pulgostal paseando en zigzag a causa de las piscinas de dry martini y de las montañas de basura, respirando el pestilente aroma de San Telmo la nuit, tarareándole a la luna el ritmo de Summertime. Sí, había sido una gran noche.









