Sex on the beach
Toda historia tiene un clímax, un momento culminante que marca su carácter. Esta clímax puede ser un momento gracioso, uno tierno, el momento en que se resuelve un misterio o en el que los protagonistas copulan en un vagón del metro sin condón. La crónica de hoy tiene varios posibles candidatos a clímax aunque bien pensado, sólo uno puede ser el verdadero.
Podría ser el paisaje que enmarca la historia, los parques de Talampaya e Ischigualasto (Valle de la Luna), dos parques en medio del desierto con desfiladeros altos, altos, formas caprichosas moldeadas por la erosión, fósiles de dinosaurio, pinturas rupestres y el calor más intenso que me ha tocado vivir y que me puso la cebolla al baño María. Pero el paisaje es sólo eso, un paisaje, y por muy hermoso que sea, como es el caso, no puede ser un clímax.
El curioso guía que nos toco en el Valle de la Luna también tendría números, un tipo de aspecto chulesco, con manos siempre cruzadas a la espalda y sombrero de cowboy, que explicaba el recorrido como quien echa los tejos en una disco a las cuatro de la mañana, todo ello trufado de chistes machistas que a mi me hacían gracia a Mònica no. Pero sólo es un personaje secundario, de los que roban escenas al protagonista, es verdad, pero secundario al fin.
Nos acercamos. Una vieja argentina compañera de minivan durante la excursión, que sólo se podía hacer en minivan, tomó el protagonismo durante toda de la jornada. Era una vieja cretina y chunga, que después de despotricar del acento español, cuando veo a alguien hablando gallego en la tele cambio de canal, nos dijo con una sonrisa en la boca que la tonada española le encantaba porque era muy elegante. Tuvo otras apariciones estelares, como cuando repetía a grito pelao qué inteligentes son los humanos cada vez que veía una pintura rupestre, como si ella no fuera humana y como si no lo hubiera dicho cincuenta veces antes, ¡Que sí, señora, que sí! O como cuando se quejaba de que la entrada al parque no fuera libre, el guía le explicó que estaba restringida porque la gente no respetaba el lugar, y poco después ella le mostró las plantas que había robado, dijo la palabra robado, al mismo guía que nos había informado de que no se podía tocar nada, ni plantas, ni piedras, ni nada. O como cuando en un lugar donde había un eco espectacular se pasó cinco minutos gritando “Malena, la queremos” y aplaudiendo cada vez que le llegaba la frase repetida. Ella era Malena.
Pero aunque cualquiera de las apariciones de Malena pudiera ser el clímax de una buena historia cómica, no lo son de ésta, porque ésta tiene uno mucho mejor. Posábamos Mònica y yo para una foto frente a la famosa pared del eco. El fotógrafo era un tipo alto, feo, feísimo, y con barba de chivo. Justo antes de hacer la foto Mònica grita ¡NOS COGES A LOS DOS! La pared replica ¡NOS COGES A LOS DOS! y entre las risas del personal empiezo a correr despavorido por el desierto, y no porque Mònica hubiera olvidado por enésima vez que en Sudamérica “coger” significa follar, sino porque a mí el tío feo ese no me folla ni en pintura. Por supuesto dure corriendo aproximadamente quince metros y medio ya que el calor y el pánico me derribaron. Al final, entre chascarrillos y palmaditas en la espalda, subimos todos de nuevo a la minivan y nadie cogió a nadie. Lo juro.






































