El chacachá del tren
No se puede tener todo en esta vida y yo no tengo mi tren. Tampoco tengo mi noche de karaoke en Tokio con Scarlett Johansson, pero eso es algo a lo que estás más o menos resignado, pero el tren patagónico, ese que va desde los Andes al mar atravesando la Patagonia, eso, por accesible, duele más. El tema es que cuando fuimos a preguntar a las taquillas sólo había boleto al cabo de tres semanas. ¿Y qué más da si tienes tiempo? se puede preguntar alguno, y tiene razón, pero esta puta mentalidad occidental nuestra basada en la impaciencia nos obligó a desistir del tren. Tres semanas era demasiado.
En su lugar decidimos recorrer las Argentinas que componen esta zona de Argentina. La Argentina suiza de Bariloche con sus fondues de queso, la Argentina alemana de El Bolsón con su cerveza artesana, mejor que el vino de Mendoza, la Argentina galesa de Esquel y Trevelin, con sus meriendas de te con pastas. Fue como recorrer la historia de las inmigraciones en unos pocos quilómetros.
Para que no se diga lo intercalamos con unas cuantas visitas a parques nacionales, el del lago Puelo, ni fu ni fa, y el de los Alerces, con sus impresionantes lagos y sus árboles milenarios. Había uno que según rezaba el cartel tenía 2.600 años. La verdad es que era muy gordote pero cuesta creer que exista un ser vivo más longevo que Sarita Montiel. El majestuoso vuelo del cóndor cerró nuestra visita a Los Alerces como colofón a una excursión excesiva.
El día que por fin emprendíamos el camino al mar a través de la Patagonia, qué remedio, en autobús, reapareció el sueño del tren. No sé por qué me gustan tanto los trenes, si alguien entiende de psicoanálisis que rebusque en mi infancia, pero la verdad es que es mi medio de transporte favorito. Y reapareció porque descubrimos en Esquel una pequeña estación ferroviaria desde la que partía El Trochita, un antiguo tren que realiza una travesía turística de tres horas por el valle. En seguida nos ilusionamos con la idea pero pronto aparecieron los primeros inconvenientes. El primero era el precio, una tarifa claramente abusiva que sobrepasaba de calle nuestro presupuesto. Hablo de la tarifa para extranjeros ya que, como de costumbre en este amable país, es el triple que la tarifa para nacionales, pero ese es otro tema y será tratado en exclusiva en su momento. Tanto nos había enternecido el viejo tren que nos armamos de valor para, en las taquillas, hacernos pasar por argentinos, ¡viste! y todo eso; pero al llegar a la ventanilla, otra vez, se habían acabado los boletos. Es lo bonito de viajar sin planificar. Con el corazón en un puño no dirigimos al andén y nos conformamos con saludar su partida pañuelo en mano. ¡Adiós Trochita, siempre te querremos!
El tren es, en definitiva, nuestra asignatura pendiente, pero si alguien me pasa el teléfono de Scarlett seguro que sobrellevo mucho mejor la pena.







































