El gigante del molino
Las espigas danzan al viento como si saludaran tu llegada al molino, que descansa a un costado del valle moliendo harina gracias al constante transcurrir del agua que acciona su gran rueda, grande como la casa. Ya sólo la imagen reconforta, te hace sentir John Wayne en El Hombre Tranquilo.
Mervyn Evans te recibe en la puerta con sus ojos pequeños y azules de galés, su pelo rojo que ya clarea de galés, su narizota de galés. Es descendiente de los primeros pobladores del valle de Esquel, los introductores de los molinos en la zona, y un buen día decidió recuperar la tradición de sus abuelos y construir, con estas manitas, un molino a la antigua. Es el único que funciona en la región.
De paso ha montado un pequeño museo y él mismo te explica el proceso de fabricación de la harina y, más interesante aún, la historia del auge y declive los molinos en la zona, la migración galesa en Argentina y la de su propia familia. Al final, cuando más se enciende, cuando más pasión le pone, es al explicar la opresión inglesa sobre el pueblo galés y su lengua. Según palabra suyas: los galeses vinieron a Argentina buscando la segunda cosa más importante después de la salud, la libertad. Se nota que le duele y hace que te duela un poco a ti también.
Mervyn es un contador de historias nato. Te podrías pasar horas enteras escuchando sus batallitas, mirando embobado sus ojos azules y sintiendo como nace en tu interior un poco de ese orgullo galés. Al enterarse que éramos catalanes nos miró con complicidad y nos pidió que le dejásemos un mensaje en catalán en el libro de visitas. Por supuesto lo hicimos deseando larga vida al gaélico, desde hoy lengua hermana porque lo digo yo.
Saliendo del molino tu alma serena se topa de nuevo con la realidad, el calor sofocante, la minivan llena de yayos que acaba de llegar, el taxi que te ha traído hasta aquí. Y sí, aunque no haya transporte público y haya que llegar al molino en taxi no se pierdan la visita si es que pueden. Tengan cuidado, eso sí, de no quedarse hechizado con esos pequeños y azules, ese pelo rojo que ya clarea y esa narizota de galés.











































