El curaaanto, el curaaanto
El curaaanto, ¡el curaaanto! Esta tonada nos acompañó durante los cuatro días que pasamos en Chiloé, que iban a ser dos y podrían haber sido muchos más. La isla invita a quedarse una larga temporada. Pertenece, la tonada digo, a una canción tradicional chilota, que suena como un villancico y se pega como una lapa. En realidad todas las canciones folclóricas chilotas suenan a villancico. Además las ponen a todas horas así que parece que la isla viva en una eterna navidad.
El curanto es el plato estrella de Chiloé. Consiste en un guiso donde tiran todo lo que encuentran. Juntan unas piedras calientes y encima amontonan mejillones, almejas, pollo, longanizas, patata; todo lo que encuentran, vamos. Luego lo cubren con las hojas gigantes de una planta jurásica que abunda por allí y lo dejan cocer un ratito. Como ven un plato que se cocina bastante a lo bestia. Como bestias son los mejillones que ponen. Son tan grandes, pero tan grandes, que parecen llegados directamente de Chernóbil. Daban un poco de repelús, gordos y peludos, y comer mejillones con repelús sólo puede acabar de una manera, pasando la tarde en la cama con unos retortijones de caballo. Maniático que es uno.
Curanto aparte, no nos gustó demasiado el invento, la isla provoca, la muy cabrona, y se empeña en que comas y comas y vuelvas a comer; y nosotros, débiles de espíritu, cedíamos una y otra vez a sus cantos de cocinera, el curaaanto, el curaaanto. Una noche, animados en unas de las múltiples fiestas costumbristas que se celebran por allí en el mes de febrero, llegamos a cenar cuatro veces, salmón a la parrilla, cordero a la parrilla, empanadas y bocadillos radioactivos tamaño mejillón.
Castro, la capital y nuestra base de operaciones para explorar la isla, es una ciudad portuaria, pequeña, bonita y tranquila, llena de iglesias y puticlubs, que conviven armoniosamente proporcionando alimento para carne y espíritu. Un poquito de todo, el secreto de la felicidad. Nosotros, que no sabíamos que los puticlubs chilotas tenían la apariencia de un bar de viejo de los de toda la vida, entramos inadvertidamente en uno después de una de nuestras múltiples cenas. Como con tanta cena el apetito carnal ya estaba saciado salimos discretamente de allí silbando el curaaanto, el curaaanto, en cuanto nos dimos cuenta de que lo que se ofrecía en el local no eran carajillos precisamente.
El curaaanto, el curaaanto, visitamos la pequeña isla de Mechuque, de quinientos habitantes y con sólo cinco horas de luz eléctrica al día. Ideal para desapariciones, huidas, escondrijos y otros trucos de prestidigitador. El curaaanto, el curaaanto, paseamos por una enorme playa azotada por el viento patagónico, que Chile también tiene su parte de Patagonia, sorteando troncos, almejas y cadáveres de focas. El panorama invitaba más tener en la cabeza a Björk o a Goran Bregovic pero ya saben, el curaaanto, el curaaanto.
Miren si será folclórica la cancioncita que ni en Internet la hemos encontrado. Será la desaparición obra del diabólico Ramoncín. Hemos encontrado otra que se llama igual, que también homenajea a tan bárbaro ágape, pero que no es la misma, no es la nuestra, no es el curaaanto, el curaaanto…








































