El culo del mundo
Allí no hay nada. Lo único que puedes hacer es aburrirte como una ostra. Es el peor sitio donde quedarse tirado. Todos estos comentarios hablan de Río Gallegos, un pueblo que ostenta el honor de ser vilipendiado por cualquiera que se refiere a él, ya sea el conductor de un autobús, un guardia de tráfico o una turista española despistada. Y tantas veces te lo dicen, tanto te recomiendan no ir, que coges y vas, por mis santos cojones.
Por mis santos cojones y porque estábamos hasta los mismos de ir de autobús en autobús, y porque necesitábamos un día de descanso, y porque Río Gallegos es una encrucijada para ir a cualquier destino de la Patagonia sur argentina, y por llevar la contraria, qué coño.
Y resulta que el sitio no está nada mal para descansar. Creo que la gente confunde que no haya atracciones turísticas con la fealdad. El pueblo no es feo, es simplemente un pueblo donde la gente se dedica a vivir sus vidas y a no hacer ni caso al visitante. De hecho tiene sus cositas, como el estuario del río que le da nombre, que está bastante bien, o el viento huracanado que lo azota sin tregua, que dada su intensidad podría muy bien considerarse atracción turística. Hasta los árboles crecen torcidos por culpa del travieso Eolo. Y además de su potencia tiene más cosas buenas ya que mosquitos no hay ni uno y yo necesitaba un respiro para regenerar toda la sangre que me han succionado esos malditos bastardos.
Por la noche nos animamos a luchar contra la ventolera para ir a degustar un poco de cordero patagónico, con fama de delicioso. Tras la agotadora excursión nos sentamos hambrientos a la mesa impacientes por probar tamaño manjar. Un camarero con cara de pocos amigos, yo creo que era de los que tiraban a jóvenes drogados desde aviones al mar cuando la dictadura, nos plantó tres trozos escasos de cordero secote que desmerecían escandalosamente todo lo que habíamos oído. ¡Qué decepción después de tanto esfuerzo! Al final de la cena, mientras hacíamos ejercicios de calentamiento para la odisea de la vuelta al hostal, el amigo torturador se tomó la libertad de advertirnos de que en la cuenta no estaba incluida su propina, tiene cojones la cosa. Por supuesto no dejamos ni un chelín, lo que nos costó una estremecedora mirada de como te pille te desaparezco. Bueno, no pasa nada, seguiremos probando suerte con lo del cordero.
En resumen, Río Gallegos tiene sus cositas, no es como para estarse un mes pero tampoco para la campaña de desacreditación gratuita que sufre, que parece lo del villarato.







































