Pueblo, lago, volcán
Pueblo, lago, volcán. Una postal. El pueblo es Puerto Varas, el lago el Llanquihue, el volcán el Osorno. Una postal.
El pueblo. Fue fundado por alemanes, que a fe mía sabían muy bien escoger lindos parajes, lo que hace que esté lleno de antiguas casas de madera, las de los fundadores, conservadas para uso y disfrute del turista. Aparte de la ruta de las casas históricas y de la estampa del lago con el volcán al fondo, poco más se ofrece en la localidad propiamente dicha. Bueno, la infinidad de bares y restaurantes para guiris no los contamos como atracción, para nosotros no lo son.
El lago. Es tan ganso que parece un mar, con sus mareas, sus resacas, sus barquitos, sus bañistas, sus tempestades y sus calmas chichas. Hasta color de mar tiene. Si no vieras el volcán al fondo dirías que es el mar. Si no fuera por su sabor jurarías que es el mar. Aunque no lo sea, un poco salado está, y es que en sus riberas abundan los cementerios, si no fuera porque es un lago a Serrat le gustaría ser enterrado aquí, y la descomposición de los cuerpos le da a las aguas ese toque saladito que tanto nos gusta a los mediterráneos.
El volcán. Tomamos un bus atestado hasta los topes, un poco más y nos envasan al vacío, para ir a conocer al volcán más de cerca. Durante el viaje nos acompañó nuestro amigo del las últimas semanas, el clima patagónico. Lluvia, luego viento, luego sol, luego nubes, luego lluvia. Y no te acostumbras, por más tiempo que pases conviviendo con el condenado no te acostumbras. Llegamos a la falda y tocaba lluvia y nubes, con lo que de ver el volcán nada de nada. A pesar de eso las playas con volcán nublado al fondo lucían igualmente espectaculares. Volvimos en el mismo bus atestado al pueblo con la sensación de que no se puede luchar contra los elementos.
Además, no fue ningún drama. El día anterior estaba despejado y ya habíamos disfrutado del panorama: pueblo, lago, volcán. Una postal.











La calma que precede a la tempestad… La foto espectacular.