Terremoto IV: La huida
El carabinero que nos atendió estaba exhausto. Su cara revelaba que había estado trabajando más horas de las que un cuerpo cualquiera puede tolerar, y aún seguía. Nos aseguró que las carreteras de salida de Pichilemu ya estaban transitables aunque había que tener cuidado ya que habían algunas grietas y desprendimientos que entorpecían el paso. Así pues, el plan seguía adelante. Abandonaríamos el pueblo para ir a Chépica, donde Gustavo y Mari tenían otra casa, en parte para alejarnos del mar, en parte para visitar a sus hijos, que vivían allí.
Nos dirigimos, pues, a las cabañas a recoger nuestros bártulos, que por suerte estaban intactos, y nos embutimos en el coche, ocupantes, maletas y víveres, hasta que casi no quedó espacio para respirar. Sobrecargados más de lo aconsejable, no había cómo hacerlo de otra forma, emprendimos el camino al interior. Saliendo del pueblo nos cruzamos con varios autoestopistas que carteles en mano rogaban con mensajes como “a cualquier sitio en el interior”, o “por favor, queremos irnos lejos de Pichilemu”. En nuestro coche no cabía nada más.
Una vez en la carretera comprobamos que lo de las grietas en la calzada era totalmente cierto. Constantemente se observaban rajas en forma longitudinal como delimitando los dos carriles y, de vez en cuando, la cosa se volvía más seria, con hundimientos de partes enteras de hasta un metro de profundidad. Más preocupante era cuando el camino resquebrajado discurría por encima de un puente, y había unos cuantos. Sabíamos que el coche pesaba demasiado y conteníamos la respiración mientras Gustavo conducía lentamente atento a cualquier ruido o movimiento extraño.
Pero eso no fue lo peor. Ni siquiera se acercaba a lo peor. En Pichilemu los daños los había causado, en su mayoría, la ola. Las casas habían aguantado bien el temblor. Su estructura de madera, flexible como es, les había permitido aguantar el movimiento. Pero en los pueblos del interior la mayoría de casas eran viejas y de adobe, y el adobe no es amigo de los terremotos. Pasamos, pues, por algunos pueblos en los que la mayoría de sus edificios estaban derrumbados. De Peralillo no quedaba apenas nada. La plaza de Santa Cruz, donde habíamos estado días antes, estaba casi toda en el suelo. Y en Chépica…
En Chépica había mucho adobe y estaba casi todo destruido, con viviendas destrozadas y otras que tendrían que ser demolidas a causa de los daños. La mitad del pueblo estaba en ruinas. Por suerte la casa de Gustavo y Mari que era bastante más nueva y sólida y se mantenía en pie, igual que sus dos hijos, que se sorprendieron al vernos llegar. Allí no había agua corriente, ni luz, ni nada. Casi estábamos mejor en Pichilemu.
Poco a poco los vecinos fueron pasando por la casa familiar para abrazarse y contarse cómo vivieron el terremoto. Algunos habían perdido su casa, las de otros tenían tantos daños que no estaban seguros de si podrían conservarlas. Las conversaciones eran serenas y exentas de dramatismo, se felicitaban por estar vivos y encaraban el futuro con una actitud positiva que no dejaba de admirarnos, nosotros que somos tan dados a llorar por las desgracias y a lamentarnos de nuestra mala suerte. Lo que más sentían todos, casi más que sus propias pérdidas, era la desaparición para siempre del Chépica colonial, todo edificios viejos de adobe, y el derrumbe de iglesia del pueblo. La escena parecía sacada de la España de hace cincuenta años, cuando, según cuenta mi madre, los vecinos importaban, se visitaban, se relacionaban, hablaban, se saludaban.
Revisando los destrozos pudimos presenciar una escena enternecedora, Mari y el cura del pueblo llorando abrazados delante de las ruinas de la iglesia. Yo no soy muy partidario de las religiones, la mayor parte de las veces me enciendo cuando escucho las opiniones de sus jerarcas y sus injerencias en la vida de cotidiana de los no creyentes, pero aquella sola imagen, junto con la hermandad y cariño que se profesaban los vecinos, nos hicieron ver la parte positiva del asunto, la del pueblo llano. Aunque quizás no fuera eso. Quizás es que simplemente eran buena gente.
En Chépica, Mari consiguió comunicarse, al fin, con el resto de la familia, incluida su hija, la madre de Maxi, que estaba en Valparaíso y aún no había logrado salir de allí para reunirse con su hijo. También supo de su hermana, que vivía en San Fernando, donde tenían agua y luz eléctrica, así que sin tardar un minuto nos dirigimos todos hacia allí, donde nos esperaba una ducha caliente, la comida en la mesa, y un televisor para ver, por primera vez, imágenes de la tragedia. Y por supuesto otra familia dispuesta a dártelo todo. Y qué dices ante otra muestra de generosidad así, otra más. Qué dices cuando te recuerdas a ti mismo mirando hacia otra parte cuando alguien necesita ayuda.
Allí conseguimos, por fin, hablar por teléfono con nuestra familia, un montón de horas y de inquietud después del terremoto. Allí conseguimos, por fin, olvidarnos por un rato del estrés vivido, de la incertidumbre, del desamparo. Allí conseguimos, por fin, hacer reír a Mònica y a Maxi, sin un atisbo de sonrisa desde el momento del primer temblor.
Para dormir volvimos a Chépica, donde Gustavo y Mari nos cedieron su habitación, sin posible discusión, es vuestra y ya está. Nos acostamos y justo después de meterme en la cama, ¡una cama! pude contemplar el dormir de Mònica. Mònica ya reía. Mònica ya dormía. Estaba claro que la cosa iba mejor.











Cabronazo al final me vas hacer llorar y todo.
Yo también quiero a Gustavo y Mari.
En la vida necesitas menos cosas de las que piensas para ser feliz.
Uf, a mi també se m’ha escapat una llàgrima galta avall!
Quins relats, Javi!
Petons per a tots dos!
Meas puesto los pelos de punta
la gente buena es solidaria y lo as comprobado
conGustavo y Mari y mamilia
Com casi totes…
Espectacular ..
glups!
Fantástica narración, Javi, pero, prefiero leer tus narraciones socarronas y que os “pireis” de la zona sísmica
emocionada, no hay kleenex para explicar todas las sensaciones…cuidaros mucho y cuidadin cuidadin
Ya veo que os esta pasando de todo.
Joer Cambicio, cada día escribes mejor. Aunque te lo dice alguien sin criterio alguno, así que preocúpate.
Queridos Monica yJavi ¿los humanos tratamos bien a la naturaleza? No yo creo que no y desgracidamente esta es su terrible respuesta.La humanidad debe reflexionar sobre ello.Sois unos valientes.
Anim i molta sort……….
pensava que era l’única que m’havia emocionat..!