El camino de Santiago
Queríamos descansar y vaya si descansamos. Tanto que la cosa se alargó ocho días cuando habíamos previsto tres. Y es que la ciudad ayudaba. La vida parecía discurrir tranquila, sin que el terremoto hubiera alterado demasiado su carácter. Alguna fachadas rotas, informaciones sobre el seísmo en los medios a todas horas y poco más. La gente iba a sus trabajos, abría sus comercios, comía en sus restaurantes, pillaba sus tajas…
Hablando de tajas, nos tocó alojarnos en una residencia de estudiantes donde éramos los únicos refugiados del terremoto, y allí la fiesta no paraba. No sé si eran las hormonas a toda pastilla o el carpe diem que nos podemos morir mañana, pero lo cierto es que cada noche había juerga. Picar algo de cena, botellón y a quemar Santiago. Por supuesto, nosotros no aguantamos el ritmo, la compañía de tanto jovenzuelo aburría un poco y, qué coño, que estamos ya viejunos, leñe.
Santiago aparecía limpia, ordenada, tranquila. Antes de darnos cuenta habían pasado seis días y no habíamos hecho el turista. Y eso que cosas tiene para ver, los bonitos barrios de Bella Vista y Brasil, el cerro de San Cristóbal, el Mercado Central. Se parecía más a una ciudad norteamericana que a una sudamericana, y os lo dice uno que en su puta vida a puesto un pie en Norteamérica.
Capítulo aparte merece el Cementerio General, donde se encuentra el memorial en homenaje a los desaparecidos en la dictadura de Pinochet. Es estremecedor imaginar cómo los chilenos, que tan bien nos han tratado, se han podido hacer éso los unos a los otros. Supongo que cafres hay en todos sitios. Viniendo de España sorprende que tan pocos años después de llegar la democracia el asunto se trate tan abiertamente. Nosotros, setenta años después, intentamos hacer una ley de la memoria histórica y la que se lía. Vamos dando lecciones por el mundo a quien tiene mucho que enseñarnos. Tipical Spanish.
Tres meses de viaje sin pisar un museo. Nos daba un poco de vergüenza, qué dirán de nosotros, que si somos unos esquimales, que si no tenemos estudios, así que nos decidimos a ir a La Chascona, casa-museo donde vivió Pablo Neruda, pero claro, con la falta de práctica fuimos un lunes, el día que cierran los museos. Veis como somos unos zotes, como lo de los museos no es lo nuestro. Menos mal que cenamos un par de veces en casa de Jani, que es un museo en sí misma. La conocimos en Chiloé y enseguida nos invitó a su casa de Santiago. Artista y fumeta, ha vivido muchos años en Barcelona, el tema de conversación estaba asegurado, así que pasamos dos largas noches de vinos, porros y conversación. Otra muestra de la hospitalidad chilena.
Todos estos días, los ocho días ocho, fuimos mecidos por temblores de tierra, réplicas del grande, tantos que al final nos acostumbrábamos y ya ni miedo daban. ¿Podremos volver a vivir con suelo inmóvil? ¿Nos marearemos como los marineros en tierra? La solución en próximos episodios.










