La guerra
Nunca nadie fue tan desafortunado al poner un nombre como el fulano que le puso La Paz a La Paz, porque La Paz, de pacífica tiene lo que el océano, nada. Al llegar allí te envuelve una sensación de barullo que no te abandona hasta que la abandonas. Las calles atestadas de coches, todos tocando la bocina, todos; las aceras ocupadas por vendedores ambulantes que te hacen bajar a la jungla de asfalto para seguir tu camino, gente corriendo, siempre gente corriendo.
Lo de los corredores urbanos se acentúa a primera hora de la mañana, cuando todo el mundo parece llegar tarde. Todos corren como si el jefe les esperara con el cronómetro a la puerta de sus puestos de trabajo aguardando el más mínimo retraso para echarlos a la calle. Sin embargo, una vez allí, recuperan el ritmo boliviano, tranquilote a más no poder, como si necesitaran recuperarse de la maratón matutina. Lo comprendo. O quizás es solo que se contagian del ritmo frenético de la calle, sus bioritmos se ponen cachondos y no pueden dejar de correr. Vaya usted a saber.
Para contribuir al despiporre nada mejor que encontrarte con un par de tipos que te cuenten curiosas anécdotas de turistas asaltados en la ciudad, que ni se te ocurra tomar un taxi que te secuestran, que cuidado en la calle que si llevas una cámara SEGURO que te la roban, y ni se te ocurra resistirte que te clavan una puñalada y listos; que si este año ya han secuestrado a cinco y han matado a dos. Te quitan las ganas de salir a explorar, desde luego, aunque nosotros, temerarios de nacimiento, hicimos oídos sordos a los profetas del apocalipsis y visitamos la ciudad como si nada hubiéramos oído.
Y a pesar del follón y de los agoreros, resultó que la ciudad nos encantó. No es que sea bonita, no lo es, pero ese emplazamiento como en una caldera de montañas enladrilladas, enladrilladas porque están copadas hasta arriba de casas de ladrillo color ladrillo; ese ir y venir de gente, de bocinas, de gritos, de olores; esa forma que tiene La Paz de estar viva, rabiosamente viva; hace que la visita sea revitalizante, frenética, agotadora, genial. Y todo ésto sin un sólo incidente, ni asesinato, ni robo, ni secuestro. Aunque no siempre es domingo, así que, por si nos secuestran, aceptaremos encantados vuestras donaciones para el rescate. Más vale prevenir que curar.







































