La chica de Ipanema
Cuando uno va a Copacabana se imagina mulatas en bikini y mulatos con tableta de chocolate por abdominales. Pero si Copacabana está en Bolivia, a orillas del lago Titicaca, lo que se va a encontrar es a unos pocos bolivianos que se bañan vestidos ya que la playa de Copacabana está a tres mil ochocientos metros de altura y, con el agua a nueve grados, no son muchos los osados que se atreven a zambullirse. Los escasos que lo hacen parecen tener el seso congelado, no se dan cuenta de que aunque se bañen vestidos no tendrán menos frío. En fin, cosas de la altura y del biruji.
Aparte de sus virtudes litorales, Copacabana está totalmente enfocada al turismo, turismo a la boliviana pero turismo al fin y al cabo, así que después de contemplar el panorama desde el El Calvario, estupendo panorama, todo hay que decirlo; lo mejor es tomar una barca que te lleve a la Isla del Sol, donde la cosa mejora bastante.
Para recorrerla caminando, de norte a sur o de sur a norte, se suelen emplear tres horitas como mucho pero nosotros, que somos un poco zotes, tardamos cuatro largas. El tema es que en la isla hay dos tipos de caminos, los de peaje y los libres, y, como nuestro espíritu catalán nos ordena, escogimos los que eran gratis. No es que éstos tengan ningún problema, discurren por toda la costa y son preciosos, los que tenemos problemas somos nosotros, que cuando nos enfrentamos a una bifurcación siempre, siempre, elegimos la ruta equivocada. La patología antes descrita, la de no acertar ni una, nos llevo a desandar lo andado varias veces tras seguir caminos sin salida, encontrarnos con acantilados que van a parar al mar, que es el morir, o huir de perros rabiosos a los que no les gustaba que dos guiris deambularan entre las ovejas y los burros de sus amos. Un camino de idas y venidas que no nos impidió disfrutar de las playas, del lago, de los lugareños, de las truchas, de la vida de calma que ofrece la ínsula. Nos quedamos dos días que podrían haber sido diez pero el tiempo apremiaba, el muy cabrón. Así que con la prisa mordiéndonos el culo y los ojos llenos de paisajes partimos rumbo a Perú. A los interesados en el mundo antiguo, las ruinas arqueológicas nos las saltamos a la torera. No teníamos el cuerpo para incas.







































