Daños colaterales
Claro que el Camino Inca es la ruta más popular para acceder a Machu Picchu. Claro que es caro y claro que tienes que reservar con antelación, hay un número limitado de plazas diarias. Claro, también, que nosotros ni somos desprendidos ni previsores, así que ni teníamos voluntad de gastarnos semejante morterada de pasta ni teníamos reserva para la caminata. Además, no había sitio hasta tres meses después, supongo porque acababan de reabrir los caminos que estuvieron cerrados a causa de las inundaciones. Esta vez nadie nos puede acusar de gafes, todas las desgracias pasaron antes de nuestra llegada.
Peinamos Cuzco en busca de una opción no muy cara, baratas no las hay, de llegar al mítico lugar haciendo además un poco de ejercicio. Nos decidimos por el rimbombante Inca Jungle. El nombrecito esconde un día bajando en bici por un monte, dos días caminando por la jungla y la subida final a Machu Picchu, al cuarto día. Estaréis conmigo en que el nombre mola que te cagas. Da igual que el resto sea un mierda, que no lo es, si puedes decir yo hice el Inca Jungle todo habrá merecido la pena.
El primer día de trayecto fue sonado. A la tercera curva un francés que iba en nuestro grupo se cayó de morros de la bici y se rompió la clavícula. Cinco minutos le duró el Inca Jungle. Mònica y yo nos miramos como diciendo que nadie se entere de lo gafes que somos que igual nos echan la culpa, además, qué coño, ¡si era francés!
Los siguientes dos días transcurrieron sin sobresaltos, caminando por la jungla por antiguos caminos incas mientras contemplábamos el precioso panorama y los destrozos producidos por las riadas. En algún momento encontramos los caminos totalmente destruidos y tuvimos que pasar de dos en dos de un lado al otro del río en una cesta metálica colgada de un cable que dos chiquillos manejaban con más desgana que otra cosa. No daba mucha seguridad. Después de lo ocurrido con el francés y en precaución de un accidente, Mònica y yo decidimos pasar en turnos diferentes, así por lo menos uno quedaba vivo para repatriar los restos del otro. Contra todo pronóstico nada pasó, ni en la cestilla ni en los dos días de jungla. Bueno, creíamos que no había pasado nada pero al llegar a los pies de Machu Picchu nuestros compañeros empezaron a contarse las picaduras de mosquito que tenían en el cuerpo, y las contaban por decenas. Nosotros dos o tres.
Empezamos a preocuparnos un poco. A ver si nuestro gafe había decidido dejarnos en paz y empezar a putear a la gente que nos acompañaba. Sí, esta situación es claramente mejor que la anterior, pero tampoco es agradable ir por los sitios sintiéndote siempre culpable. Mientras discutíamos el tema sonó un enorme trueno y sobre nuestra cabezas empezó a caer el diluvio universal. Pero si ya no estamos en temporada de lluvias. Si todo lo que tenía que llover y más ya lo llovió hace tres meses. Con una media sonrisa dimos la bienvenida a nuestro viejo enemigo íntimo.







































