El vicio de no planificar
¿Carnaval en mayo? Eso sugería toda esa gente en las calles, ataviados con plumas, bailando al unísono al son de una música machacona de percusión y petardos. Naturalmente no era carnaval, era la fiesta patronal del Señor de la Soledad y tuvimos la suerte, o la desgracia ya que volvíamos de cuatro días de andar por el monte y lo que menos necesitábamos en ese momento era jarana, de toparnos con ella por casualidad.
Cuatro días dura la fiesta, cuatro días en que las comparsas y los cohetes no cesan, cuatro días en que las diferentes asociaciones desfilan por las calles de Huaraz vestidos de antiguas tribus precolombinas, danzando al son de música precolombina; cuatro días en los que dormir no se estila demasiado y nosotros, que lo que necesitábamos era dormir, lo aceptamos con resignación. Si no puedes con el enemigo únete a él.
Uno, y más en Perú, con todo el turismo que atrae el país, espera que una fiesta popular de este tipo esté plagada de guiris sacando fotos y haciendo el indio, pero entre que Huaraz sólo es destino de montañeros y amantes del trekking y que estábamos en temporada baja, nos encontramos con unas fiestas locales disfrutadas casi exclusivamente por locales. Rostros antiquísimos, precolombinos, celebrando una fiesta antiquísima, precolombina.
Yo voy por ahí con el precolombino por delante sin saber realmente si el asunto es precolombino o no, pero tiene pinta aunque el centro neurálgico de toda la celebración sea una iglesia. ¿Acaso no es una tradición muy eclesiástica el aprovechar fiestas paganas y enchufar allí a alguno de sus santos?
Lo que seguro que no es precolombino es el pedazo de comilona dominical que montan los huaraceños en una de sus calles, donde decenas de restaurantes sacan sus mesas al sol y preparan comidas tradicionales. Nosotros probamos la pachamanca, carne por un tubo muy especiada y envuelta en hojas de no sé que planta y el chicharrón de chancho, cerdo en cristiano conquistador. Todo muy abundante, muy rico y muy poco digestivo.
Por una vez, el vicio de no planificar salió bien y nos topamos, así como quien no quiere la cosa, con un fiestón y un festín dignos de guía de viajes. Dormir no dormimos, pero a esas alturas ya nos daba igual.










Vigila tus palabras, por favor… que si lo llega a leer mi hijo tiene pesadillas al menos por un día. Luego ya se sabe… su memoria brilla por su ausencia.
Alfonso, mejor le cambias el apelativo a tu hijo que cerdo ya le llamarán las mujeres.