Tercer mundo
Apretujados en el taxi, a las cinco de la madrugada, el éxito de la operación salida estaba totalmente en el aire. La huida de Chachapoyas estaba rodeada de incertidumbres. Las últimas informaciones recabadas acerca del estado de la carretera eran contradictorias. La policía decía que estaba cortada, pero que se podía pasar andando por el tramo roto y conseguir transporte motorizado al otro lado. Una compañía de autobuses nos dijo que no había paso, imposible, otra que sí, que ellos salían seguro al día siguiente, una tercera que a lo mejor sí, a lo mejor no. Nosotros nos queríamos ir a hacer surf, yo quería huir de la maldición que me perseguía, así que nos la jugamos y junto a dos alemanes que habíamos conocido en el hotel decidimos pillar un taxi y dirigirnos hacia allí a ver qué se cocía.
Dos horas después, al llegar, un amable policía nos informó del estado de la nación. ¡Claro que se puede pasar! Ayer al mediodía se reabrió la carretera. Bien. No teníamos que retroceder. No teníamos que caminar por el monte cargados con las mochila, pero, ¿cómo coño nadie en Chachapoyas estaba al corriente que se había solucionado el problema? Los de Chachapoyas no se enteran nunca de nada, nos soltó el policía a modo de despedida. Sea lo que fuere, la comunicación no es el punto fuerte en la región.
Llegar hasta allí en taxi nos obligaba a seguir en taxi, así que adiós a los autobuses desvencijados y baratos que tanto nos gustan. Tras el regateo de rigor, otra vez embutidos en un coche viejo, emprendíamos el camino a la zona del derrumbe. Cuando por fin llegamos el panorama nos recordó lo que ya sabíamos, que la naturaleza juega con nosotros a su antojo, que todo eso del cambio climático en realidad se la pela, que cuando se harte, con un par de trucos pirotécnicos, nos manda a paseo para siempre. La carretera estaba completamente destrozada, cuarteada, agrietada, hecha pedacitos, como si un niño gigante se hubiera dedicado a jugar con ella como si fuera plastilina.
Vale, la comunicación en la región es patética, pero en lo de arreglar carreteras son unos hachas. En apenas cuatro días habían construido un camino que bordeaba la montaña y permitía el paso de todo tipo de vehículos en las dos direcciones. Y era mejor que muchos de los que nos habíamos encontrado hasta entonces por el país. Supongo que esta impresionante capacidad de reacción la han ido cultivando a base de terremotos, inundaciones, erupciones volcánicas y demás gracietas que la Pachamama les regala como agradecimiento a sus ofrendas. Mientras transitábamos por el camino no dejaba de pensar en lo que llamamos tercer mundo. La gente se las apaña con lo que tiene, encuentra soluciones donde no las hay, siguen adelante por muy difícil que estén las cosas, como si lo natural fuera eso, como si la vida fuera eso. En Barcelona caen cuatro copos de nieve, llueve un poquitín más de la cuenta, y ya está montada la de San Quintín. Tan protegidos estamos que estamos terriblemente desprotegidos.







































