Profanando
Acudimos a Chiclayo con el único objetivo de ver el tesoro del Señor de Sipán, varios ajuares funerarios completos descubiertos en una pirámide en los alrededores de la ciudad. Este tipo de restos son raros ya que los saqueadores se han empleado a fondo en el país desvalijando todo lo desvalijable y más. Estamos, pues, ante el Tutankamon peruano, una joya desde el punto de vista histórico y joyístico, ya que muchas de las piezas son de oro y plata de los buenos, de los del Perú.
El ajuar se encuentra en un museo dedicado exclusivamente a su exhibición, un museo moderno y futurista, piramidiforme, cuyas líneas contrastan con el entorno, la clásica pequeña ciudad peruana medio rota y polvorienta. La entrada era cara pero ya que hemos venido hasta aquí entramos y ya está. Entramos y ya está, vuelco al corazón, proyección de un vídeo en 3D que recrea una ceremonia en los tiempos del Señor del Sipán, un vídeo chapucero que ya hubiera parecido antiguo hace veinte años. Continuamos temerosos de haber hecho el panoli al gastar un día para venir a ver ésto, pero el resto del recorrido se encargó de disipar nuestros miedos. La exposición es magnífica, tanto en lo que respecta a materiales, su exhibición, reproducciones, explicaciones. Un acierto sin paliativos.
Pero no sólo de ajuares vive el museo. También reposan eternamente, hasta que los cambien de lugar, los restos del Señor de Sipán y de alguno de sus antepasados, en unas urnas transparentes y bien refrigeradas para que puedas apreciar bien el esqueleto. Es curioso como la gente de todas las épocas se enreda en hacer complejos ritos funerarios, con grandes tumbas, pirámides, engalanándolo todo con joyas y riquezas, cuando saben que los que vengan después, los que te conquisten, o los que conquisten a los que te conquisten, van a profanar y destrozar cuanto encuentren a su paso y, si tienes mala suerte, van a exhibir tus restos en una caja de cristal para que los curiosos te miren y comenten fíjate qué curioso, parece que eran más bajitos que nosotros. Así que no te extrañe que tu abuela, o tú mismo, acabéis expuestos dentro de trescientos años a las ávidas miradas de espectadores extrañados por tipos tan pequeños. Porque el respeto a los muertos sólo es aplicable a los coetáneos, ¿verdad? Se vale trastear con muertos añejos, pero a los nuestros que ni los toquen que merecen un respeto.
Saliendo del museo y para acabar de pasar el día visitamos las pirámides de Túcume y, después de haber estado en la Huaca de la Luna, la verdad es que nos decepcionaron un poco. Por una vez, y sin que sirva de precedente, un museo nos gustó más que los yacimientos arqueológicos que lo nutren. ¿Nos estaremos volviendo culturetas?










