Una de John Wayne
Nunca hacemos demasiado caso cuando nos aconsejan que no vayamos allí, que es peligroso, que te roban, que te pegan, que te sodomizan, y es que si no fuéramos allí nos perderíamos un montón de lugares, los montes de Valparaíso, las calles de La Paz, las Ramblas de Barcelona. Por eso, cuando nos dijeron que Huaquillas, primer pueblo de Ecuador según se viene desde Perú, era territorio comanche, nos miramos con una sonrisilla irónica de uno más.
Claro que una vez allí, abandonados a nuestra suerte por un taxista sin corazón que nos señaló a la peruana, sin bajar del coche, sin mirarnos, dónde estaban las terminales de autobuses; en medio de una calle polvorienta, atestada de chiringuitos, de motocarros, de buscavidas que miraban con avidez nuestras mochilas cargadas de valiosas mercancías para el mercado negro, nos dijimos que esta vez sí, que sería aquí cuando el desvalijo que merecíamos tendría lugar. Resignados, empezamos a rezar por la integridad de nuestros orificios varios.
De entre todos los amigos del alma que nos ofrecían su desinteresada ayuda para guiarnos por los vericuetos del pueblo elegimos al que tenía más cara de buena persona. En un momento nos encontrábamos transitando por calles estrechísimas que nada tenían que envidiarle al zoco de Estambul. Para amenizar el camino nuestro cicerone nos explicaba que vaya suerte dar con él, porque había otros que se llevaban a los turistas por calles alejadas, les robaban y a veces les hacían cosas peores. Mientras decía éso, yo iba mirándole la cara y a cada paso se iba volviendo más feo, más bizco, con las cejas más juntas. A los diez minutos tenía una cara de malo que no podía con ella.
Menos mal que se apiadó de nosotros y nos llevó, como le habíamos pedido, a una terminal de autobuses. Tras negociar, sin demasiado énfasis por nuestra parte, en cuanto estaba valorada su desinteresada amistad, compramos los boletos a Quito con cara de aquí no ha pasado nada, pues no es tan peligroso, si es que hay que ver cómo exagera la gente y los prejuicios que tiene.
Una última sorpresa. Llevábamos media hora en Ecuador y no habíamos pasado por inmigración, según nuestro pasaporte habíamos salido de Perú y aún no estábamos en ninguna parte. Suponíamos que el bus pararía para que selláramos el pasaporte, pero la taquillera nos dijo que no, que teníamos que ir por nuestra cuenta y buena voluntad. Así que un taxi y diez quilómetros después teníamos los papeles en orden. Efectivamente el bus no paró, nadie nos pidió el pasaporte. Podríamos haber entrado en el país con las manos en los bolsillos y silbando una melodía romántica sin que a la policía fronteriza le importase un carajo. Una cosa más rara. Quizás es que la nueva constitución de Ecuador, innovadora ella, además de reconocer los derechos de la naturaleza, había hecho realidad la vieja utopía romántica de abolir las fronteras. Aunque creo que realmente lo que pasa es que por aquí no sufren la plaga de malvados inmigrantes que intentan entrar al país para despojarlo de su cultura, de sus costumbres y de sus puestos de trabajo. Benditos ellos.
NOTA: No tuvimos valor para sacar la cámara e ilustrar esta entrada con una foto. De cámaras de valientes está el rastro lleno.






































