El niño perro
El niño perro patrulla las calles y les gruñe al oído a las turistas que, relajadas, toman un jugo en las terrazas de los bares. Cuanto más se asusta la turista, más ríe el niño perro mientras desfila en busca de nuevas víctimas.
El niño perro duerme en la acera, tendido en un pequeño colchoncito y tapado con una manta roída. Cuando llega la mañana recoge su hatillo y lo oculta en su escondite hasta que llegue de nuevo la noche.
El niño perro no tiene padres, o por lo menos nadie en el pueblo sabe si tiene padres. El niño perro dice que están en Quito y nadie consigue que explique por qué si ellos están en Quito él vive en Montañita.
El niño perro come de restaurante. Cada día los cocineros le obsequian platos bien ricos y en uno de ellos hasta le han regalado una camiseta que luce orgulloso.
El niño perro canta en los bares. Canta con voz aguda, sin saber cantar, sin saber siquiera una canción. Con el dinero que le da la gente el niño perro compra golosinas en los puestecitos ambulantes y se las come solo en un rincón.
El niño perro hace surf. En una escuela de la playa lo han adoptado y le enseñan a dominar las olas. La olas aún dominan al niño perro pero él lo pasa muy bien, y se ríe, y disfruta, y se reboza.
El niño perro dice que quiere ir a la escuela. Aunque no le gustan las matemáticas quiere jugar con otros niños en vez de estar todo el día con los mayores.
El niño perro se entretiene con barquitos de papel. Convierte los barquitos en sombreros o en bocas y juega con los turistas que no se asustan de los niños perro.
El niño perro ha sido mordido por un perro. Le están curando las herida en el hospital. Allí, la gente se pregunta qué hacer con el niño perro, que no se sabe si tiene padres. Dicen que lo van a ingresar en un orfanato. Espero que en los orfanatos de Ecuador traten bien a los niños perro, y que encuentre a unos padres, y que no se avergüence nunca de ser un niño perro, el niño perro.










Me cae bien el niño perro