Guayaquil navega el río
Acodado en la barandilla del malecón, fumando un cigarro imaginario, yo que no fumo, la sensación es extraña. En Guayaquil el malecón es un poco inusual ya que se asoma a un ancho río que va a parar al mar, que es el morir. Allí, observando la corriente, pareciera que es la tierra firme, y no el agua, la que se mueve río arriba, como si fuese una barcaza remontando mandrosa el cauce estancado. En un rato, la corriente cambia de sentido y me encuentro en la borda de la misma balsa de piedra que desanda su camino. Curiosos caprichos de los efectos ópticos porque, en realidad, es el río el que fluye, no la tierra, o eso dicen los que saben, aunque yo juraría que es al revés. ¡Qué coño, juro que es al revés! Guayaquil navega el río. Doy fe.
A la popa, justo encima de la sala de máquinas, visito el barrio de Las Peñas, viejísimo pero nuevísimo, con sus casitas de colores y en cada casita, al lado de la puerta, la foto de cómo era hace unos años, cuando el buen alcalde no había emprendido aún el proyecto de rehabilitación, el buen alcalde cuyo careto aparece en todas esas fotos. Es curioso como en Sudamérica los políticos promocionan sus obras sin ningún pudor, poniendo sus nombres y sus rostros en grandes plafones que dicen ésto lo hice yo por vosotros, así que a ver si os acordáis a la hora de ir a votar. Desde Argentina a Ecuador, siempre es así, quizás con la excepción de Chile.
Tan cuidado está Las Peñas, tan limpio, tan seguro, que hay un policía en cada esquina que te indica por dónde debes ir y por dónde no, dónde estás seguro y dónde te desvalijarán sin remedio. Y es que la inseguridad de Guayaquil es proverbial. De ella te hablan los libros, de ella te hablan sus habitantes, de ella te hablan los policías que atestan los lugares turísticos, de ella te habla una señora en el autobús que se baja aterrada cuando sube un joven rapero a cantar y a pedir unas monedas. La verdad es que yo sólo me sentí inseguro en el Parque Seminario, donde cientos de iguanas juegan a cagarse en tu cabeza desde lo alto de los árboles. Peor que un campo de minas.
Si vas a Guayaquil y te sientes inquieto por su fama de ciudad salvaje, si se te caga una iguana encima, si simplemente estás cansado, haz como yo, acódate en la baranda de estribor y, con el viento en la cara, disfruta del suave balanceo y del lento remontar el río. En ningún otro lugar podrás disfrutar la sensación de navegar subido en un continente.











Hola croquetas:
Me he viciado a vuestro mundo croquetil gracias al pixel de Silvia y Julio. Así que ahora, como no tenia bastante con un blog para enriquecer mi más profundo sentimiento de envidia cochina, tengo dos. Que sepais que cuando me preguntan por mis ojeras infernales… os culpo a vosotros!!!!!
Seguir disfrutando, y sobre todo, seguir contandolo. Yo seguiré leyendo con nocturnidad y alevosia hasta que acabe despertando a alguien con las carcajadas.
Un abrazo
Bienvenida a MundoCroqueta, Lorena. Nos alegra que te hayas convertido en una croquetilla más.
Seguiremos trabajando duro para que la envidia cochina siga creciendo en tu interior.
¡Saludos!