Hacer nada
Viajar lento era un premisa antes de salir. Para correr, estresarme, planificarme, agobiarme, me quedo en Barcelona. Viajar lento significa llegar a un lugar sin saber cuántos días te vas a quedar, cambiar de planes siempre que lo creas oportuno, no obsesionarte con visitar todo lo visitable, nunca llenar los días hasta los topes, guardándote tiempo para hacer nada, hay que ser generoso con el tiempo para hacer nada.
Pero el viajar lento se ha ido ralentizando cada día más hasta el extremo de que cuando hablo me parece oírme bajo de revoluciones. El punto culminante ha sido la entrada a Ecuador. Parece que el contacto con Huaquillas y toda su bulla nos produjo un impacto tal que desde entonces no hemos levantado cabeza. Pasamos nueve días en Quito, dos semanas en Montañita, cinco días en Guayaquil y, ahora, una semana en Cuenca.
Y es en Cuenca donde finalmente el viajar lento ha transmutado en vivir lento, sin viajar siquiera. Nada de visitas turísticas, ni en la ciudad ni en los alrededores, nada de agencias de viajes, de autobuses, de parques naturales. Nada. Nos hemos mimetizado con la ciudad, con sus casitas blancas y bajas, con sus iglesias pequeñas y medianas, con sus adoquines, con sus señoras con sombrero panamá.
Hemos pasado los días, siete, viviendo por vivir, dejando el tiempo pasar, despertándonos cuando el cuerpo lo pedía, buscando un buen bar para ver el mundial, ocupados en pequeños quehaceres cotidianos, a correos a enviar un paquete, a la peluquería a afeitarme la barba, a la zapatería a remendar una bota, a la mercería a comprar hilo y aguja, a buscar la mejor terraza para tomar un jugo natural al calor de una plaza con iglesia, a cenar al restaurante de al lado de casa donde el dueño ya nos llama por nuestro nombre.
Y así podríamos estar más, meses, años, siglos, dejando la vida fluir a nuestro alrededor, arrastrándonos suavemente, flotando, con los ojos cerrados, sintiendo el sol en la cara mientras rogamos que por favor no lleguen los rápidos. Pero los rápidos siempre llegan y ahora nos toca espabilar, que en agosto tenemos que estar en Colombia y a este paso no llegamos.










Parece un viaje sin retorno a la tranquilidad. Os estáis mimetizando con el paisaje. Bien hecho.
Ya empezáis a darnos envidia so croquetas! Nuestra cuenta atrás ya no nos permite ese languidecer a gusto y sin remordimiento. Saludos desde las playas brasileñas!
Queridos píxeles,
Nos alegra que la envidia cochina haya llegado a playas brasileñas.
¿Para cuando la fatídica vuelta? Hoy por segunda vez alguien nos informa de su inminente marcha a tierras ibéricas, Henar también se vuelve…
Saludos desde Vilcabamba (el valle de la juventud eterna).
La hora nos llega a final de mes, perdón, el vuelo de vuelta, que después de vuestra descripción de Vilcabamba, estamos ya con el vocabulario torcido…
Siempre os llevaremos en el corazón.
[...] pasaron los días en Cuenca, uno tras otro, como si no pasara nada, hasta que decidimos partir hacia Vilcabamba, de dónde [...]
ufff, !!! Me acabo de relajar tanto, que creo que me largo a casa
ENVIDIA más que nunca