La muerte os sienta tan bien
Un buen día, a cierta edad, empiezas a verle las orejas al lobo y te das cuenta de que sí, de que te vas a morir, tarde o temprano te vas a morir, hagas lo que hagas te vas a morir. Te vas a morir y punto final, no hay nada que hacer, se acabó la historia, se finí, kaput. Cuando llegas a ese momento trascedental te puede dar por varias cosas, deprimirte y encerrarte en tu casa hasta convertirte en un viejo ermitaño y gruñón, volverte yeyé y tirarte a la mala vida que esto se acaba, hacerte el loco y seguir viviendo como si no pasara nada, cagarte en la puta madre de todo lo que se menea, volarte lo sesos porque, ya que me tengo que morir, por mis huevos que soy yo el que decide cuándo.
Otros, sin embargo, en ese momento crucial, en ese justo momento, oyen hablar de Vilcabamba, un pequeño pueblo de la sierra ecuatoriana donde el porcentaje de gente centenaria es inusualmente alto, donde la gente vive muchos, pero que muchos años. Largo se ha discutido sobre las causas de este extraño fenómeno, que si la vida relajada, que si la pureza del aire, que si las propiedades del agua. La verdad es nadie sabe las verdaderas razones de tanta longevidad, pero no importa, la localidad, poco a poco, se ha ido llenando de occidentales que huyen de la muerte. No es raro escuchar a gente hablando en inglés, o en francés, o en alemán; la mayoría de los negocios tiene dueños europeos, o americanos, o australianos; por las calles deambulan gurús de la vida sana, en comunión con la naturaleza, seguidos por sus leales adeptos. El pueblo se ha acabado convirtiendo en un extraña mezcla de oriundos confundidos e inmigrantes aferrados a la vida.
Estos aspirantes a centenarios tienen un denominador común, ya le han visto las orejas al lobo, ya son granaditos, tienen una edad en la que vivir quince años de más supone doblar los años que les quedan. Así, a mis casi cuarenta, me he encontrado de pronto en medio de un gran geriátrico plurinacional, sintiéndome un jovenzuelo entre tanta momia. Y lo que no saben las momias, o sí que lo saben pero se hacen los longuis, es que el pueblo está perdiendo a sus longevos, la llegada de la vida moderna, traída en la maleta por los burladores de la muerte, ha perturbado el entorno y se ha llevado consigo para siempre el secreto de la eterna senectud de Vilcabamba. Ya casi no hay centenarios, la parca se acuerda cada vez más a menudo es este diminuto lugar y pasa mucho más seguido a recoger su cosecha. Así que el lobo asoma de nuevo y ahora ya no hay adónde huir. Casi todos candidatos a dinosaurio morirán pronto, sin acercarse a la centena. Por lo menos morirán en un sitio bonito.











¿Ecuatorianos que llegan a los 100 años??? ¿”Machupichus-gurús” de la vida sana??? Si estos se trincan una caja de medianas en una hora… algo no me cuadra. ¿Seguro que estamos hablando del mismo Ecuador?
[...] los días en Cuenca, uno tras otro, como si no pasara nada, hasta que decidimos partir hacia Vilcabamba, de dónde también nos costó salir, porque cuesta dejar la vida relajada, porque cuesta hacer [...]