Cuestas
Costó llegar pero llegamos. No costó porque fuera costoso, ni costoso de difícil, ni costoso de caro. Costó porque cuesta, cuando tu ritmo vital está tan bajo, remontar la cuesta y salir del letargo. Así, cualquier excusa, por nimia que fuera, nos servía para aplazar la excursión. Que si chispea un poquito y no es plan, que si hoy se juega el Dinamarca-Japón y eso hay que verlo, que si no he cagado del todo duro, no me vaya a dar un apretón en medio del bosque.
Así pasaron los días en Cuenca, uno tras otro, como si no pasara nada, hasta que decidimos partir hacia Vilcabamba, de dónde también nos costó salir, porque cuesta dejar la vida relajada, porque cuesta hacer algo cuando se está tan bien sin hacer nada, porque cuesta abandonar a los mosquitos cuando ya te han chupado tanta sangre que se han convertido en familia.
Pero nos atacaron los remordimientos, malditos. Cómo no vais a visitar El Cajas sólo porque cuesta. Cómo después de dos semanas haciendo el haragán nos sois capaces de poneros las pilas, aunque sea por un sólo día, y hacer una excursioncita por el monte. ¿Sólo porque cuesta? Así que volvimos a Cuenca y empaquetando la excusas, yo seguía sin cagar del todo duro, pusimos rumbo al parque nacional.
Costó llegar pero llegamos. Y una vez llegados las cuestas dejaron de ser cuestas, incluso las más empinadas, incluso en medio de aquel bosquecillo de polylepis, con sus retorcidas ramas a medio pelar invitándote a jugar al laberinto, a contorsionarte hasta poner la oreja a un dedo del suelo, a dejar miguitas de pan; incluso en medio de tantos obstáculos, atravesarlo no costaba, ni caminar bajo aquella fina lluvia, ni enterrar el pie en el lodo, ni arrastrar el culo por el fango. Al deambular por aquel paisaje nuboso y fantasmagórico, de niebla y cuento antiguo, nada costaba. Las cuestas ya no cuestan cuando paseas por un cuento.
Costó volver per volvimos. Costó porque no queríamos volver, porque aún no habíamos recogido las miguitas, porque salirse del cuento cuesta. Costó porque al bus le costó llegar, mientras nos costaba aguantar la cháchara de un curandero ambulante que vendía remedios a precio de costo. Costó porque no había asientos libres y fuimos en cabina, al lado del conductor, sentados en un rincón, bamboleados al ritmo de curvas en las que costaba aferrarse. Costó porque nos bajamos una parada antes de la cuenta, inmersos en pleno diluvio universal, y nos costó encontrar el camino al hotel, y el Gore-tex de nuestras botas hizo aguas, con lo que nos costaron, y llegamos empapados, con todo el agua del chaparrón a cuestas.
Costó volver pero volvimos. Y volveremos una y otra vez cueste lo que cueste, aunque esta vez nos costara un resfriado.











Nois!! No us sentiu malament de no fer res!!! A vegades es necesari… no?
Un peto Croquetes… Estem a Kuala Lumpur… bua! res a veure amb la India (tot i que tornarem….)
Muac! i bon viatge!!!
No si precisamente nos sentimos divinamente no haciendo nada. Suerte por tierras asiáticas.
Hola nois, ja hem vist el vostre blog!! Quin canvi, eh? Res a veure amb terres Sudamericanes.
Nosaltres seguim tant relaxats però ara ja ens toca posar-nos les piles que a l’Agost hem d’estar a Colombia.
Un petonàs molt fort i estem en contacte guapus.
Mola