Gran Premio de Ecuador
El centro de la comunidad de Limoncocha es la cancha de voley. Cada tarde se congregan allá pequeños, jóvenes y adultos, niños, niñas y animales de compañía, a echar unas partiditas, tres contra tres, con unas cervezas o unos dólares en juego. Seis juegan y el resto miran, o charlan, o beben. El pueblo es la cancha, fuera de ella no hay pueblo.
Todas las virtudes y carencias humanas se resumen en aquella pista, donde cada cual juega como lo que es, el tramposo, el sobrado, el noble, el cachondo, el figura, la vieja gloria, el quiero y no puedo, el la culpa es tuya. Incluso aparece el Cristiano Ronaldo local, con un peinado imposible, planta altanera y todas la jovencitas del pueblo suspirando por él.
Poco a poco va llegando más gente. Camiones cargados de obreros arriban desde la vecina factoría petrolera, donde trabaja la gran mayoría de lugareños. Se adecentan un poco en sus casas, para aparecer en el ombligo del mundo hay que ir de punta en blanco, y acuden raudos al ruedo en sus motocicletas último modelo. Porque lo que más llama la atención en Limoncocha es la densidad de motos por habitante. Todo el mundo, salvo mujeres y niños, claro está, tiene la suya, todas nuevas, todas radiantes. Eso en un pueblo en medio de la selva, en un pueblo de un país donde ni mucho menos abundan las motos. Expediente X al canto.
Charlando, charlando, las cervezas unen a las gentes, nos empezaron a contar sobre su vida, que si allí muchos son maestros porque hay una escuelita de maestros muy buena, que si en la escuela ya tienen quince computadoras aunque poco pueden enseñar a los alumnos porque saben mucho más que ellos, que si la explotación petrolífera va a acabar cargándose la selva, que si hace unos meses hubo un escape de petróleo y la compañía, como compensación y para tenerlos contentos, les va a regalar una casa y cinco mil dólares a cada uno. ¡Alto ahí! ¡Para la cinta! ¿Escape de petróleo? ¿Compensaciones? ¿Motos? A que va a ser que las motos son otro regalito para callar bocas. ¡Qué listillos estos jerifaltes del crudo!
Anochece y todo el mundo se va a casa pero nosotros, más nuestro guía, más el dueño de las cabañas, más uno que pasaba por allí, abierto el apetito de cerveza, hacemos una ronda por los bares del pueblo. Bares que son cabañas, algunos sin sillas ni mesas, pero con una nevera siempre cargadita de birras. Ser los únicos clientes no nos amedrenta y hacemos la ruta completa, a cerveza por garito, repartiendo la riqueza entre los cuatro que hay.
Es hora de volver a casa y un poco alcoholizados sí que estamos. Pero aquí la máxima de si bebes no conduzcas no se lleva, claro que nosotros no vamos a conducir un coche, vamos en canoa. Claro que todo está oscuro y apenas vemos con nuestras linternitas del Decathlon. Claro que el río es ancho y hay poco tráfico. Claro que más vale que no tengas un accidente porque el agua está plagada de pirañas y caimanes. Lo tenemos claro.











Osti! estoy por dejarlo todo y trasladarme a Limoncocha.
“Todas las virtudes y carencias humanas se resumen en aquella pista, donde cada cual juega como lo que es, el tramposo, el sobrado, el noble, el cachondo, el figura, la vieja gloria, el quiero y no puedo, el la culpa es tuya.”
La frase és magistral, eh Croqueta-en-cap?
Qué sería de la economía suramericana sin vuestra inyección económica a la industria de los destilados…!
Es indingnante que la selva siempre se ponga en medio de una noble y necesaria industria petrolifera.
Si a los sobornos!