La cima del mundo
Mamá croqueta estaba con fiebre, así que acometí en solitario el, por ahora, reto más descomunal del viaje, acercarme a la cima de la montaña más alta de la Tierra, el Chimborazo.
Para llega a la base tomé un bus de línea que te dejaba en la caseta de entrada, a una hora a pie del primer refugio y a dos del segundo, mi objetivo. Pero parece que mis fuentes estaban equivocadas. El guarda de la entrada me dijo que caminando hasta el primer refugio tardaría ¡tres horas! Sumas la hora adicional hasta el segundo y la bajada y ya la tenemos liada, no me daba tiempo de hacerlo antes de que se hiciera de noche.
Por suerte había por allí un grupo de franceses que tenían las mismas intenciones que yo pero con una diferencia, hasta el primer refugio subían en furgoneta. Decidí que me haría el simpático a ver si colaba y me subían. No sólo me subieron sino que también me devolvieron a Riobamba previo pago de diez dólares bajo mano al guía de los gabachos. Mejor eso que volverse a la ciudad con el rabo entre las piernas.
Llegamos al primer refugio y empezamos a caminar, pero pronto los franchutes me dejaron atrás mientras yo me detenía a contemplar todo aquello, casi con un mimo reverencial. Soy un amante de los cementerios, me encantan, por eso me quedé embobado recorriendo las lápidas que, a los lados del camino, recordaban a los alpinistas muertos en su intento de escalar la montaña. Creo que los cuerpos no descansaban allí, que sólo eran recordatorios de las vidas despeñadas en el intento de hollar la cima del mundo, pero a 4.900 metros de altura, en el cementerio más alto que he visitado, me pasé un buen rato rindiendo culto a esos locos montañeros. No puedo decir que el del Chimborazo sea mi cementerio favorito, pero está entre los cinco mejores sin duda.
Superado el momento místico, seguí caminando hasta el segundo refugio y un poco más allá, pisando nieve y hielo hasta llegar a una arista desde donde se podía divisar, si se dejaba, la cima del volcán. Estuve allí sentado unos veinte minutos esperando a que asomara el hocico entre las nubes y finalmente, en el minuto diecinueve, consintió en aparecer unos segundos fisgándome entre los pliegues de su cortina blanca. Perdona Chimbo, pero no te voy a escalar, no tengo ni el equipo ni los cojones adecuados, así que permíteme que me limite a observarte desde aquí, a 5.300 metros de altura, y a soñar que algún día podré pisar tu cima, la más mítica, la más alta de la Tierra. ¡Maricón! – me dijo indignada – y se escondió de nuevo para no volver jamás.
De vuelta, rodeado de franceses que me miraban con recelo después de mi arrebato ritual en el cementerio, iba dándole vueltas a la cosa de escalar la montaña, pero seguía sin encontrar los cojones necesarios, aunque la montaña más alta de la Tierra fuese mucho más accesibles que miles de montañas mucho más bajas. A ver si cuando sea joven… Y ya sé que muchos de ustedes me dirán que es mentira, que el Chimborazo no es la montaña más alta de la Tierra, pero yo les contesto que sí, que es la más alejada del centro de la Tierra, y que si en las elecciones todos los partidos políticos ganan, haciendo a menudo lecturas inverosímiles de los resultados, por qué no voy a poder sostener, y con razón, que he estado a mil metros de la cima de la montaña más alta de la Tierra, la más alejada del centro de la Tierra.
NOTA: La foto no es de la cima del Chimborazo, es de una cercana. Recordad que las habilidades de Cambicio como fotógrafo dejan mucho que desear.












































