Lo que el ojo no ve
Íbamos con el tiempo justo, menos mal que Mamá Croqueta me tranquilizó con un ésto nos lo pelamos en dos horitas y media. Se refería al cráter de Quilotoa, que nos disponíamos a rodear para aclimatarnos antes de acometer el ascenso al Cotopaxi. Cuatro horas y media más tarde llegábamos de nuevo al punto de partida después de patearnos todo el borde del volcán a paso militar. ¡Vaya ojo tienes, mamita!
Os había dicho que íbamos justos de tiempo, ¿no? Tan justos que habíamos perdido el último autobús a Latacunga, donde estábamos alojados. Nos tocaba, pues, regatear con uno de los piratas, y digo piratas por lo ladrones, que acogían a colgados como nosotros en sus furgonetas y los llevaban a un pueblo cercano con autobuses aún por llegar. El precio normal del viaje era de un dólar por barba, pero claro, Barba Roja, viendo a dos corderitos sin más opción que tragar nos lo dejaba por diez. ¡Un chollo! Después de mucho picar piedra habíamos logrado bajar hasta seis cuando, en el fragor de la batalla, irrumpió una simpática pareja de ecuatorianos que se ofreció a llevarnos gratis en su carro, solidarizados como estaban ante tamaño asalto. Subimos a su coche reprimiendo una butifarra de pagès estratosférica contra Barba Roja, aunque le regalamos una sonrisa de ahí te quedas, pirata, que acusó con otra de resignación.
Después de un rato de hablar de Estopa, creo que es la conversación más larga que he tenido en mi vida sobre Estopa, nuestros simpáticos anfitriones improvisados nos dejaron a la puerta del bus que nos devolvería sanos y salvos a casa. Adelanto que nos devolvió sanos y salvos para quitarle suspense al asunto, pero durante mucho tiempo la cosa no estuvo tan clara.
Si la primera impresión es la que vale, lo primero que nos impresionó al embarcar en el bus fue el intenso olor a quemado que sobrevolaba el ambiente. Tranquilos, es que se me ha quemado un fusible, nos dijo el conductor. Satisfechos con la explicación continuamos viaje, disfrutando de los hermosos paisajes de la zona, iluminados por la luz del crepúsculo, acompañados por el páramo andino. La carretera serpenteaba entre montañas, a menudo limitada por un precipicio matador, hasta que de pronto, de pronto ya no había carretera, bueno, sí había carretera, el problema es que no se veía. Ay, que el fusible quemado va a ser el de las luces. Pues sí, croquetillas, sin luces que íbamos, en plena noche, por una carreterucha sin quitamiedos ni nada, el chófer con los ojos guiñados intentando vislumbrar por donde seguía la cosa, los pasajeros como si no pasara nada, tirando sus basuras al suelo, sus lapos por la ventana, y nosotros, nosotros acojonados, ésta sí que es la buena, de ésta no salimos, y cerca del mar porque yoooooo…
Dos horas después y tomándonos ya la muerte a pitorreo, hasta nosotros tirábamos lapos por la ventana, llegamos a la luz, me refiero a la parte iluminada de la carretera, a la parte donde los faros ya no hacían demasiada falta. Allí paró por fin el chófer, que en un ataque de profesionalidad y buen criterio apeló al pasaje. ¡Vamos sin luces, cambiamos de autobús! Esta vez el lapo se me escapó en su espalda.











Jo a la Xina en recordo uns quants de trajectes on es veia clar que ens estimbaríem en algun lloc o ens cauria una roca de les que baixaven de tant en tant per la falda de la muntanya. Quan arribeu a la Xina ja anireu entrenats
UF…. luego dicen que hay muchos accidentes… Lo que hay son pocos!!
!!! Increible !!! Debemos estar mal acostumbrados por nuestras latitudes ?
Bon viatje, petonets
Hola,
A través de inocuo descubro vuestro blog y justo ahora estoy llegando a Ecuador desde Trujillo… así que voy a seguir un poco vuestra ruta y no creo que suba al Cotopaxi!!!
SALUDOS!
Bienvenido Francesc,
Si tienes alguna duda o necesitas alguna recomendación sobre Ecuador sólo tienes que silvar. Evidentemente no te recomendamos subir al Cotopaxi.