Descenso al Cotopaxi
El final de la historia ya lo sabéis. En el inicio hay un pirata de agencia de turismo diciéndonos cómo de fácil es subir al Cotopaxi, cómo casi todo el mundo que va con su agencia llega a la cima, cómo no es tan importante estar en buena forma, con tener ganas de superar el reto basta. Y nosotros, crédulos y sedientos de gloria, picamos el anzuelo y a escalar que nos fuimos.
Todo iba bien, a pesar de la altura, a pesar del frío, a pesar de caminar de noche, a pesar de que me dolía aquí, todo iba bien hasta que llegamos al glaciar, al maldito glaciar. Allí, tuvimos que calzarnos unos pinchos de acero en los pies para no resbalar. Tuvimos que armarnos con una especie de mazas medievales que clavábamos en el hielo conforme avanzábamos. Tuvimos que atarnos de una cuerda, si uno resbalaba el resto pararíamos su caída al vacío. Y cuando hablo de vacío, hablo de vacío. Con un desnivel continuado de entre el treinta y el cuarenta y cinco por ciento, rodar por el hielo de esa pendiente es lo más parecido a la caída libre.
Llevábamos más de una hora manteniendo precariamente el equilibrio en el tobogán de hielo cuando empezaron a aparecer las primeras grietas. Salvamos una, salvamos dos, salvamos la tercera, que no era una grieta, que era la auténtica boca del infierno. Así, con una velocidad de avance similar a los Rodalies de Barcelona, íbamos subiendo metro a metro, hasta llegar a los cinco mil cuatrocientos sobre el nivel del mar.
Allí decidimos que ya había suficiente, que nos volvíamos. Bueno, en realidad lo decidí yo, pero Mamá Croqueta tardó una millonésima de segundo en sumarse a la moción. Nos retiramos mucho antes de llegar a la cima, ni siquiera acariciamos la gloria con la punta de los dedos, nos quedamos más cerca del refugio que del objetivo.
Ahora podría inventarme mil excusas para justificar lo ocurrido. Me atacó el mal de altura y no podía aguantar las nauseas y el dolor de cabeza. No estaba tan en forma como creía, iba muerto. La putas botas rígidas, alquiladas, me hacían un daño tremendo en el tobillo. Era la primera vez que utilizaba equipo de montaña en serio. Las condiciones climatológicas, el frío, la nieve y el viento, eran demasiado duras para continuar. Pero aunque todas ellas son un poco verdad, ninguna de ellas es la verdad.
La causa de mi retirada, la que forzó la retirada de la expedición croqueta al completo, fue el miedo, el pavor insufrible a cada paso que daba en el glaciar, desde el primero hasta el último. Fue pisar el hielo y cagarme en las bragas. Supongo que era el miedo a caerme y morir despeñado, o peor, el miedo a romperme una pierna y morir congelado, o el miedo a… yo qué sé, que el hielo resbala, ¡joder! Bastante hice con aguantar lo que aguanté, debería haberme vuelto a casa en el mismo instante en que me hice terror, pero seguí, seguí por el qué dirán, por el no me digas que tu mujer sube y tú no, por el supongo que se me pasará, por el por mis huevos que subo. Sin embargo, todo acabó como debía acabar, con los calzoncillos para tirar, con la maldición al pirata que nos dijo que el Cotopaxi lo suben hasta las abuelas, con el rabo entre las piernas y los cojones en la garganta, con los huesos de vuelta al refugio justo cuando empezaba lo bueno.
Pero he aprendido la lección. Los grandes retos, las grandes montañas, se las dejo a los valientes. A mi, para ir al monte, si no se puede llegar con mis zapatillas de andar por casa, ni me llaméis.








































