La ciudad y los perros
¡Qué lástima!, porque mira que Villa de Leyva tiene atractivos. Para empezar, el pueblo en sí, sacado directamente de un manual de arquitectura colonial. Calles estrechas y adoquinadas, pequeñas casas de piedra con agradables patios interiores, recoletas iglesias, una enorme plaza principal, tan enorme que rivaliza en tamaño con la de Bogotá.
¡Qué lástima!, porque además los alrededores son la mar de agradables, con suaves colinas, algunas no tan suaves, desde donde contemplar el pueblito a vista de pájaro, o donde visitar algunos pequeños atractivos que, sin ser nada espectacular, te dan una excusa para pasar unos días relajándote en la villa.
¡Qué lástima!, porque el viento reinante en la zona y una curiosa afición de los lugareños hacen que el cielo de la plaza principal, sí, aquella tan enorme, se llene de cometas al atardecer, que suben y bajan y hacen cabriolas, y a veces ponen en riesgo algún peluquín mientras juegan al escondite entre las nubes naranjas y el sol, más naranja aún.
¡Qué lastima!, porque por sus gentes, sólo por sus gentes, ya aprovecha la visita. Desde los vecinos que te saludan sin conocerte de nada hasta los desconocidos que te explican con pelos y señales cualquier cosa que intuyan que deseas saber. Y la matrona del hostal le pone la guinda, que te llama amorsito cada quince segundos, que estás en tu casa, que gracias por venir, que qué alegría haberlos conocido, que qué suerte he tenido que vinieron a parar a mi posadita; y tú te sonrojas, y buscas la cámara oculta, y pasas un ratito como dentro de un culebrón.
Qué lástima, croquetillas, qué lástima, que a pesar de todo lo dicho lo que más recuerdes de Villa de Leyva sean sus perros, decenas de perros callejeros que te acompañan en tu paseo, se persiguen, te persiguen, se frotan, copulan sin importar sexo o condición social con preferencia por la sodomización homocanina; y por la noche, venga detrás tuyo que no hay manera de despistarlos, y te deshaces de la pizza que te ha sobrado de la cena porque crees que es eso lo que buscan, pero siguen ahí, oliéndote el culo hasta que te das cuenta de que es precisamente eso lo que quieren, tu culo, clavársela a un apuesto humano como tú, que presumir de haberse beneficiado a un humano debe ser, por fuerza, lo más entre la comunidad canina de la población. ¡Qué lástima!








































