Hipocondría
Tan tranquilos paseábamos por el camino real, – joder, ésto parece una copla – contemplando la sierra colombiana, desde Barichara hasta Guane, que hace bajada, acompañados por los mosquitos, tampoco muchos, lo normal.
Con ellos, tampoco muchos, lo normal, visitamos los dos pueblitos, Guane más pueblito que el otro, admirando la arquitectura colonial que los dibuja, más colonial aún que en Villa de Leyva, lo más colonial que hayan contemplado mis coloniales ojos.
Después de probar la curiosa gastronomía local, sesteamos junto a nuestros mosquitos, tampoco muchos, lo normal, a las puertas de cementerio mientras contemplábamos el ensayo general de unas majorettes desganadas que creo que preferían estar debajo de una de las lápidas a perpetrar cabriolas con un palo a la hora de la siesta. Así dicho parece que el ensayo fuera en el mismo cementerio.
Todo iba bien. Era un día tranquilo. Los mosquitos nos acompañaban, tampoco muchos, lo normal. Pero de vuelta a San Gil fuimos a cenar y de pronto apareció un cazafantasmas que se puso a fumigar el restaurante, y ante nuestras caras atónitas nos explicaron que era por el dengue, que habían habido varios casos mortales últimamente y había que ir con cuidado, y mientras me empezaba a picar todo el cuerpo y empezaban a manifestarse en mi todos los síntomas de la enfermedad, que desconocía pero que se manifestaban igual, reprimía mis ganas de pedir que, por favor, me fumigaran el cabro al horno que me estaba zampando, y directos a la farmacia compramos media botica mientras hacíamos jurar al vendedor que los remedios eran eficaces contra el dengue, contra el dengue hemorrágico, puntualizaba él, y acabamos el día embadurnados de potingues antimosquitos, atiborrados de pastillas antimosquitos, pensando en el séquito de mosquitos que nos había escoltado durante todo el día, la verdad es que muchos, muchos más de lo normal.







































