Artículos de coña
Tiene que ser de coña. Porque cosas tan raras siempre son de coña, no me jodas. Ya me dirás tú si lo que nos pasó en las islas de San Blas, Kuna Yala para los amigos, no es una tomadura de pelo, un montaje, un invento de los americanos.
Al principio todo fue normal. Tomamos una lancha de madera para cruzar la frontera de Colombia a Panamá y, de paso, pegarnos un garbeo por las famosas islitas. Claro, nosotros queríamos un velero pero, con las restricciones económicas que nos autoimponemos para seguir dando envidia un poco más de tiempo, los dineros no llegaban. Barca de madera. Todo normal.
Primera parada para pernoctar. Un isla de dos por dos, habitada solamente por palmeras y cocos. Rodeada por un arrecife de coral lleno de pececillos de colores, de esponjas, de estrellas de mar, de erizos, patrullado por un tiburón en la profundidades. Yo el tiburón no lo vi, que si no aún estoy nadando. Isla como en las películas, para nosotros solos, tan perfecta que yo creo que era un decorado, que la montaban al divisar a los turistas y la desmontaban una vez acabado el show. No me jodas, algo así tiene que ser de coña.
A altas horas de la noche, mientras los compañeros kumbayás cantaban canciones kumbayás a la vera de una hoguera kumbayá, quien coño necesita una hoguera kumbayá cuando hace una calor kumbayá de la hostia; mientras los no kumbayás, que no quiere decir anti-kumbayás, aunque un poco también, vaciábamos una botella de ron adquirida en el mercado callejero de Turbo; llegaron a la isla, montados en una canoa de madera, unos extraños visitantes. Resultaron ser los dueños, allí cada islote tiene su dueño. Venían de pescar cargados de langostas, cangrejos y peces. Igual les interesaba el botín a aquellos gringos locos que encendían hogueras con el calor que caía. Y tanto que les interesó. Por quince dólares, quince dólares en total, no por cabeza, cenamos trece personas. Cenamos langosta, cangrejos, peces, todos recién pescados, tan recién pescados que tuvimos que sacrificarlos machete mediante. Cenamos trece personas hasta ponernos hasta el culo. No me jodas, tiene que ser de coña.
Segunda parada para pernoctar. Una isla pueblo. Hay islas pueblo, ni una palmera, ni un coco, todo casas, donde viven los kunas. Hay islas no pueblo, todo palmeras, todo cocos, ni una casa, donde no vive nadie. Pues ésta era una isla pueblo. Nos alojamos con una familia local y, como llegamos un poco pronto, decidimos matar el tiempo jugando al deporte nacional, el voley. Al principio éramos puros gringos y jugábamos como si supiéramos, gustándonos. Al poco se nos unieron algunas niñas locales. Ellas sí que sabían. Finalmente se adueñaron del partido dos mujeres ataviadas con vestidos tradicionales, digo vestidos tradicionales pero es la ropa que utilizan normalmente, para ellas, tu traje y tu corbata también son un vestido tradicional; digo que las dos mujeres se adueñaron del partido con un repertorio de toques y de piruetas que nos hacían parecer, a nosotros los gringos, niños de teta. Aún resuena en mi mente la frase que un compañero kumbayá pronunció ante tamaño espectáculo. Eso no es una mujer, ¡es el diablo! Intentamos disimular el correctivo que nos estaban infringiendo sembrando la confusión entre los niños del lugar. Nos calzamos muestra narices de payaso y empezamos a hacer el canelo. El voley, de repente, dejó de tener importancia y pasamos, de nuevo, a ser los reyes de la fiesta. Me encanta que los planes salgan bien. Bueno, a lo que iba, un experiencia antropológica rara, rara que, no me jodas, ¡tiene que ser de coña!
Islas deshabitadas, mariscos frescos a precios de risa, mujeres demoníacas que juegan al voley. Vale que todo es de coña pero, ¡joder cómo molan las coñas!









































