Soy de Teherán
Alguno se preguntará qué coño pinta la frikada de vídeo que hemos colocado en esta entrada. Alguno se preguntará, incluso, si las croquetas se están volviendo buñuelos. Tranquilos, todo tiene una explicación, aunque no sé si es muy convincente. Ahí van las razones:
- Razón 1: Como aún iba por el mundo sin Mama Croqueta, y dada mi escasa afición a la fotografía, acabé mi visita a Taganga sin una sola instantánea que enganchar aquí, ni buena ni mala.
- Razón 2: Me pasó de nuevo. Como en otras ocasiones, la cancioncilla del vídeo se me enganchó y no paró de resonar en mi cabeza durante toda la estancia en el pueblo. Supongo que la similitud fonética entre Taganga y Gran Ganga (soy de Teherán) tuvo que ver, aunque reconozco que me preocupa que lo primero que mi mente escoja de entre todos los recuerdos inútiles que almacena sea ese, digamos peculiar, tema de Almodóvar y McNamara. ¿Qué me está pasando? Ya sé que el cerebro degenera con la edad pero, ¿tanto? Por favor, si hay algún psicólogo o psiquiatra croqueta en la sala, solicito diagnóstico online. Se agradece que receten fármacos genéricos, por lo de los dineros, ya saben.
Por lo demás, Taganga es un pueblito lleno de turistas, muchos más que habitantes, que se asoma a una bonita bahía. Su principal atractivo es que está al lado de Santa Marta, y como Santa Marta es feo de cojones, pues Taganga te parece el paraíso terrenal. También es famoso por sus cursos de submarinismo a precios ridículos, pero, después de analizar la situación, me di cuenta de que si me sacaba el PADI a espaldas de Mama Croqueta, mis gónadas tenían los días contados.
Así que sin otra actividad con que distraerme, e insociable patológico y enemigo de las multitudes como es uno, me pegué un madrugón como no recordaba y antes de la siete y media ya estaba bañándome en la playa vecina, a media hora andando del pueblo, entre chiringuitos cerrados y pezqueñines juguetones. Pero ya se sabe que a veces los niños no controlan su fuerza, o abusan de tu confianza, o se pasan de pesados, así que cuando los puñeteros empezaron a morderme por todo el cuerpo, ¿o eran medusas las que me picaban?, yo que sé; emigré de nuevo hacia Taganga, que no soy tan nazi como para preferir las medusas, o los pezqueñines, a los turistas.
Por supuesto, la dichosa cancioncita me acompañaba por la montaña en mi camino de regreso: ¡calamares por aquí, boquerones por allá! ¡Ahhhhhhh!






































