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Septiembre 9, 2010

El olor del Tayrona

De paseo por el Parque Nacional Tayrona

En teoría, Mamá Croqueta y yo, y digo en teoría porque Mama Croqueta y yo muchas veces hablamos y no nos entendemos, tras nuestras vacaciones de nosotros mismos, teníamos que reencontrarnos en el parque Tayrona. Me presenté allí sobre la hora a la que habíamos quedado, una de esas indeterminadas horas estilo entre las dos y las tres, y me dispuse a aguardar su llegada. Esperé un rato, dos ratos, tres ratos, suficientes ratos para que la hora indeterminada hubiera expirado con indeterminadas creces, para hacerme amigo de los vigilantes, para pedirles, sin éxito, una rebaja en el precio del boleto, para compartir con ellos las sillas, el agua, los caramelos, para improvisar un bebedero destinado a un cachorro de oso perezoso que había quedado varado en un árbol vecino a la caseta de entrada. Tanto esperé que la noche y la lluvia amenazaban con caerme encima, así que supuse que Mamá Croqueta se había perdido buscando la Ciudad Perdida y pensé que no era esa razón para perderme yo el Tayrona, así que vestí mi mochila y me dispuse a recorrer a pie la hora de camino que me separaba del campamento donde iba a pernoctar.

Me pilló la lluvia pero no la noche, así que después de comprobar que no quedaba mucho donde alojarse, sólo hamacas SIN mosquitera, me parapeté debajo de un chamizo de cañas a esperar la improbable llegada de Mamá Croqueta y las tres croquetillas invitadas. Contra todo pronóstico, no tardaron en aparecer por entre la maleza. El impacto que sufrí al verlos fue brutal aunque focalizado. Los cuatro sentidos perdedores se retiraron discretamente y dejaron solo al pobre olfato, que tuvo que encajar el puñetazo sin ayuda de sus hermanos. Llegaban, el olor llegaba antes que ellos, hediondos, apestosos, acochinados, que son tres adjetivos parecidos y aún no logran describir lo que tuvo que sufrir mi pobre pituitaria. Parece que la Ciudad Perdida pasaba factura en aquellos intrépidos expedicionarios. Pero a todo se acostumbra uno y a los pocos minutos ya me sentía tan repelente como ellos.

Pasó la noche y con ella los mosquitos, a los que si les gustan los humanos sin mosquitera y las mierdas recién defecadas, imaginen las dos cosas en una. A alguno lo pusieron fino, a otros no tanto. Pero esas sólo son pequeñas molestias cuando estás en el Tayrona, así que, sin más dilación, emprendimos la exploración del parque. Nos encontramos con una selva tupida que llegaba hasta los pies de las playas, playas que en su mayoría sufrían un oleaje inclemente por parte del Caribe, tan tranquilo que sale en las postales. Aún así, dimos con un par o tres de playas donde darte un capuzón, sin aguas turquesa, eso sí, pero con la arena blanca y los cocoteros tumbados de las fotos.

Aunque todo lo bueno tiene sus espinas. O sus cocos. Y es que estar tumbado tranquilamente, a la sombra de una palmera, y que un coco caiga del cielo a escasos centímetros de tu cabeza no es muy relajante que digamos. Pero a nosotros no nos estropean los lugares soñados así como así, y como desagravio, armados con mi navaja brasileña, la emprendimos con el coco homicida. Para nuestro oprobio, el vegetal estaba a punto de ganarnos la batalla, la pobre navaja no se tenía en pie, cuando un negro con una machete más largo que mi fémur nos miró con cara de ¡benditos gachupines!, y en tres movimientos d’artagnanianos ya lo tenía pelado y con un agujerito y todo para que bebiéramos directamente de sus entrañas. Sólo le faltó echarle un chorrito de ron. En esas andábamos, enfrascados en el festín, cuando advertimos por el rabillo del ojo que a nuestro lado un tipo rubio, alto y formal, pelaba los cocos a la velocidad del rayo utilizando una navaja suiza más pequeña que mi meñique. Nunca he soportado a los exhibicionistas que se sientan al lado de los torpes para hacer resaltar sus habilidades. Seguro que salía con la jefa de animadoras en el instituto. Nos hicimos los locos y seguimos a lo nuestro impostando toda la dignidad de que fuimos capaces.

Una vez devorado el agresor, el coco, no el rubio, alto y formal, emprendimos la vuelta a Santa Marta, que aquí mis compañeros iban locos por dormir al fin en una cama, aunque a esas alturas yo ya había conseguido ponerme a su altura en lo que a higiene se refiere. Llegados al hostal, la recepcionista trincó todas nuestras ropas y las mandó de cabeza a la lavadora. Menos mal que conseguimos desembarazarnos rápido de lo que llevábamos puesto, que si no vamos detrás.

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