Los catorce ochomiles
Yo creía que había conocido ciudades montañosas, La Paz, Potosí, el Carmelo, pero de pronto llegó Manizales para cambiarlo todo. Lo que hasta ese momento eran, para mi, urbes infernales donde para caminar había que ser, como mínimo, maratoniano, se convirtieron en hogar de suaves colinas ideales para pasear tranquilamente del brazo que tu abuelita.
Es que esa ciudad no es ciudad, es un compendio de cuestas, qué acertada la palabra cuesta ¿verdad?, un compendio de cuestas a cuál más pronunciada, puestas todas muy juntitas haciendo casi imposible encontrarse con cien metros sin inclinación. Dejas caer una pelota en cualquier punto de la ciudad y ya no la vuelves a ver, se pone a rodar y rodar, para abajo, muy abajo, cada vez más abajo, tan abajo que yo creo que va a parar al infierno. Al llegar, a la ciudad, no al infierno, lo primero que se te viene a la cabeza es el manido chiste, a mi siempre se me ocurren chistes manidos, ya ves; de “aquí tendrían que poner unos telesillas”, claro que en ese entorno el chiste deja de ser chiste, ya hace años que un funicular funciona como transporte público en ciudad.
Pero me he liado porque lo que yo quería explicar es que no había nada que explicar, que a Manizales fuimos a descansar, a no hacer nada, a mirar las musarañas, pero joder, es que con esas cientos de montañas en medio de la ciudad, todas urbanizadas hasta las cejas, definitivamente es un mal sitio para colocar un núcleo urbano, es fácil despistarse e irse por las cuestas de Úbeda.
Va, me centro. Que fuimos a vegetar, que las croquetillas visitantes impusieron un ritmo urbanita al que hace mucho tiempo que no estamos acostumbrados y acabaron con nuestras energías en el minuto cero. Y, a pesar de todo, lo encontramos un lugar ideal para la contemplación. No en vano a Manizales la llaman la ciudad de las puertas abiertas, y mira que hay que tener moral para abrirle las puertas a desconocidos después de estar arriba y abajo, arriba y abajo, todo el santo día. Quien tuvo oportunidad nos brindó su ayuda y su hospitalidad sin que nosotros dijéramos ni pío. En el hostal nos querían llevar de la manito a todos lados, en la calle todo eran sonrisas y saludos, una gozada. Y todo desde el primer instante, apenas recién descendidos del bus que nos llevó allí. En vez de colocarnos un corona de flores como hacen en Hawaii, ¿en serio hacen eso en Hawaii?, se nos acercó una chica y con una sonrisa de oreja a oreja nos entrego un papel mientras decía si necesitan algo llámenme, dentro les he dejado un regalito. Efectivamente en el papel enrrollado había apuntado un número de teléfono y, dentro, encontramos una bolsita con un cogollito de marihuana.
Dejando a parte lo de la marihuana, hace años que no fumo marihuana y aquella no nos la fumamos, nos dio cosa, allí en Colombia, así de pusilánimes somos, qué vamos a hacerle; dejando aparte lo de la marihuana, me acabo de dar cuenta de que añoro la marihuana, aunque yo he fumado muy poco, ni mucho menos he sido un habitual, pero ahora me ha entrado añoranza y creo que cuando vuelva a Barcelona, si vuelvo, me voy a agenciar unas semillas para hacer una plantación; dejando aparte lo de la marihuana, ¿es o no es hospitalaria la gente de Manizales?











Estoy de acuerdo con todo… especialemente con lo de que te has liado un poco.
[...] es la segunda vez que me pasa en poco tiempo eso de no tener nada que escribir. Si recuerdan, con Manizales pasó algo parecido. Yo no soy muy de echar culpas, pero la culpa la tienen las croquetillas [...]