Al final del camino
Sapzurro es uno de los secretos mejor guardados de Colombia. A este hecho contribuye, sin duda, que el llegar hasta allí suponga un auténtico infierno. Si vas desde Medellín tienes que chuparte nueve horas de autobús por una carretera infernal, llena de curvas y de agujeros, de las peores que hemos transitado en nuestro viaje. Eso siempre que tengas suerte, porque varias veces al año el camino está cerrado a causa de los desprendimientos que lo atacan como una plaga. Tras esa tortura llegas a Turbo, un pueblo costero sucio y destartalado donde probablemente tengas que pasar unas cuantas horas hasta que salga la lancha que te saque del agujero. Cuando por fin consigues zarpar, después del caos en el embarcadero donde se mezclan hordas de turistas, locales y ataúdes, después de ser timado por el listo que pesa los equipajes, después de luchar a codo partido por veinte centímetros de banco en el bote, te esperan dos largas horas navegando a toda leche en una barca atestada de gente y de maletas, que maltrata tu culo, tus costillas, tu espalda, a cada bote que da. Sus minúsculos asientos de madera acaban por triturar cuerpo y mente. Finalmente llegas a Capurganá. Allí ya te puedes quedar, aunque si tienes humor te quedan quince minutos más de navegación, esta vez mucho más relajada, hasta Sapzurro.
Cualquier mente mínimamente sensata se preguntará, ¿tan especial es Sapzurro para que todo eso valga la pena? La respuesta no admite ninguna duda. Sí. Por supuesto. De calle. Ni lo dudes.
Lo que ofrece es sencillo y corto de describir. Playas de arena blanca escoltadas por palmeras tumbadas, adormecidas aguas turquesa, cocos a discreción con los que refrescarse, arrecifes en los que zambullirse, pescado fresco que zamparse, poca gente que moleste, sapos, ranas, peces, el Caribe. Lo justo y necesario para descansar hasta que te atormente la amenaza del camino de vuelta. Conforme que sufrir la ida valga la pena, pero, ¿la vuelta? ¿Es humano tener que padecer, de nuevo, ese vía crucis cuando ya has saboreado las mieles de la recompensa? Absolutamente no, así que nosotros le dimos esquinazo, chúpate esa, enrolándonos en un bote rumbo a Panamá que visitaba, de camino, las islas de San Blas, otro paraíso caribeño. Aunque eso ya es otra historia.
Elige el camino largo y tortuoso, croquetilla, que al final te espera la recompensa. Reminiscenias de una educación cristiana, ya ves.







































