Al final de la escapada
No todas las huidas acaban bien. A veces terminas peor de lo que empezaste, entre las garras de un enemigo mayor, con una pareja aún más insoportable o en un lugar mucho más inhóspito que el que querías dejar atrás. No fue nuestro caso.
En Granada, la de Nicaragua, todos nos esperaban con los brazos abiertos, las calles, las gentes, los precios. Tan faltos andábamos de cariño que decidimos quedarnos una semana entera, recuperando así el ritmo que más nos gusta, el xinoxano.
A orillas de un lago que parece un mar, nos recibió una ciudad colonial preciosa y bien cuidada, con sus cosas de guiris y sus cosas de locales. También nos recibieron las lluvias torrenciales propias de la temporada de lluvias torrenciales, pero poco nos importaba. Pasear tranquilos por las calles comiendo un helado, acercarte hasta la orilla del lago, en serio que parece un mar, ver un partido infantil de béisbol sin tener ni puta idea de qué va el juego pero disfrutándolo sin embargo, resguardarte en un café de la tercera tormenta del día. Pero lo que más nos gustaba era sumergirnos en los alrededores del mercado, entre el tremendo bullicio, los comerciantes gritones, los productos inverosímiles; el corazón de la ciudad. Por allá pasábamos cada día, ya fuera a desayunar, a comprar suministros, a preguntar de dónde salían los autobuses a tal o a cual sitio, aunque casi siempre pasábamos por pasar.
Allí descubrimos al mejor barbero de la historia, por lo menos el que mejor ha rasurado jamás mi lampiña barba de crío. Un virtuoso de la navaja con la que baila sobre tu yugular sin que apenas sientas los pasos. El pulgar y el anular la sostienen, el índice marca el compás dando ligeros toques en una hoja que más que afeitar besa. El mejor afeitado de mi vida me reconcilió con el mundo y conmigo mismo.
Diez años más jóvenes, bueno, sólo yo, que Mamá Croqueta no quiso afeitarse, hemos recuperado nuestro paso, corto, indeciso, despreocupado. Que el dios de los caminos, o el de los vientos, o el de los azares, o el de todos los dioses, disponga de nuestro rumbo, si puede ser suavemente. A sus manos nos entregamos, prestos al abordaje, navegando a contra corriente en nuestra cáscara de nuez.










































