La canción del pirata
Ron, ron, ron, la botella de ron, cantan una y otra vez, al caer el sol, los marineros borrachos, los buscadores de oro borrachos, los borrachos. Acuden al único hostal de Portobelo y, entre tonadas y batallitas, beben hasta caer dormidos en la silla, en el sofá, en la hamaca. Son viejos cincuentones retirados del mundo, canadienses, americanos, ingleses, que celebran, noche tras noche, la alegría de haberle dado gato por liebre a la vida y de dedicarse a disfrutar de los pecados capitales. Ron, ron, ron, la botella de ron.
Los acompañan unas cuantas concubinas, panameñas negras y culonas, que dan cobertura a sus escasas necesidades higiénicas y sexuales; los turistas les llenan los bolsillos y un viejo mono recibe el afecto que años atrás correspondiera a sus familias.
Abajo, en el pueblo, un fuerte español se mantiene en pie. Es custodiado por cabras y gallinas y, aunque está abandonado a su suerte tal cual lo dejaron los conquistadores hace un par de siglos, sus cañones aún están en posición, apuntando a la entrada de la bahía, listos para ser disparados. Antes resguardaban el oro de los piratas, ahora protegen la vida disipada de la pandilla calavera de leyes antitabaco, impuestos sobre el alcohol y demás restricciones que impone la vida civilizada de nuestra sociedad conventual.
Cada noche se repite el mismo ritual. Beber, fumar, reír, cantar, follar si se puede y hacerle tremendo corte de mangas al resto del mundo, a las esposas, a los hijos, a los padres, a los cuñados, a los alcaldes, a los jueces, a las cajeras del súper, a los radares de la policía, a los curas, a los monaguillos, a los mira qué niño tan mono, a las hipotecas, al paro, a las mentiras, al hijo de puta del vecino, al hijo de puta que pita en un atasco, al hijo de puta de tu jefe, a lo hijos de puta que eran ellos cuando eran hijos de puta.
Poco a poco se te va pegando la melodía hasta que ya no te la puedes quitar de la cabeza. Ron, ron, ron, la botella de ron.







































