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« John Boy en el Canal de Panamá Panamá croqueta »

Octubre 5, 2010

Vías de peaje

Ciudad de Panamá

Ciudad de Panamá es un lugar extraño. Quizás porque durante mucho tiempo fue coto privado del amigo americano, puede que lo siga siendo, quizás porque el canal ha atraído a sus calles a gente de todo pelaje. No lo sé, sólo sé que es un lugar extraño.

Te acodas en el malecón y ves a todos esos buques de mercancías haciendo cola para entrar al canal, como sucede un sábado cualquiera en un Ikea cualquiera de un centro comercial cualquiera en el extrarradio cualquiera de una ciudad cualquiera. Todas esas moles, sin embargo, no pagan un peaje cualquiera, unos ciento treinta mil dolares de nada por pasar de un océano a otro. ¡Y se quejan los del Maresme, lloricas! O sea que si empiezas a sumar la pasta que supone toda aquella fila de barcos pronto se te acaban los dígitos. Como en casi todos los países donde el gobierno dispone de un recurso que le reporta pingües beneficios, el índice de pobreza del país es, aún, alto. Así somos.

La ciudad está dividida en franjas, las que son seguras para caminar, las que sólo son seguras para caminar de día y las que es mejor no pisar. Estas franjas están referidas, por supuesto, a turistas incautos con cara de llevar un fajo de dólares en el bolsillo. Así, un paseo vespertino que te lleve hasta el malecón y de vuelta, ya de noche, te obliga a tomar un par de taxis para saltarte los territorios comanches. Nosotros, como somos más comanches que los propios comanches y de dólares, pocos, sólo tomamos uno, al caer el sol, no fuera a ser que nos hicieran pupita y nos gustara.

El centro histórico, atractivo principal, está todo roto. Muchos de los edificios sólo conservan la fachada, milagrosamente en pie, mientras que por sus ventanas se aprecian los escombros de lo que, en su día, fueron casas coloniales. Ese aire de abandono y decrepitud, ese dejar morir las cosas que están sentenciadas, le confiere un encanto, a nuestro juicio, muy superior a parques de atracciones como Cartagena de Indias, donde todo es tan bonico que no te lo crees. También es verdad que a nosotros, y a mí más que a nosotros, nos fascinan los ambientes decadentes, las antiguas glorias en fase terminal, así que Ciudad de Panamá nos tenía que gustar a la fuerza.

Nunca vi, y ésto es lo más curioso, más McDonald’s por metro cuadrado. Esquina sí, esquina no, el terrorífico payaso te ofrece sus productos con esa sonrisa macabra en la boca. Yo no soy muy de McDonald’s pero en cada país, más por fastidiar a Mamá Croqueta que otra cosa, me zampo un BigMac, que siempre sabe igual y lo único que cambia es el precio. Lo que pasa es que venimos de países donde los McDonald’s son un bien escaso y degustar un BigMac, todo un reto. Cuando te ponen la cosa tan fácil, pues como que no es lo mismo, así que en Ciudad de Panamá me salté la tradición. A mí tú no me mandas, amigo americano.

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