Empatía
Ella está allí tumbada, mirando al techo. El sudor corre por su frente, las lágrimas por sus mejillas. Intenta recordar, en vano, todo aquello que le enseñaron en las clases de parto sin dolor, pero la intensidad aquellos mismos dolores no deja sitio para nada más. De vez en cuando oye la voz de la comadrona que le grita que empuje y ella empuja con todas sus fuerzas, como si le fuese la vida en ello, deseando que de verdad la vida se le fuese en ello y parara por fin aquella tortura. Tras cada esfuerzo aparta la vista del techo y la dirige al final de la sala. Allí siempre ve lo mismo, un grupo de nueve tortugas enormes, de más de ciento cincuenta quilos de peso, que la miran atentamente y comentan entre ellas lo emocionante del momento, fíjate como sufre la pobrecita, una lástima que no se puedan tomar fotos.
A nosotros, en Tortuguero, nos tocó vivir el rol de espectadores. Nueve turistas curiosos mirábamos como una tortuga enorme se desvivía para poner sus huevos en un hoyo y comentábamos lo emocionante del momento, fíjate como sufre la pobrecita, una lástima que no se puedan tomar fotos. El guía nos tranquilizó, no molestamos, la tortuga está en trance y no percibe nada de lo que sucede a su alrededor. Después de la puesta, nos concentramos en admirar como otra de aquella tortugotas, más enorme que la anterior, las pasaba putas para recorrer los treinta metros que separaban el mar del lugar donde iba a cavar el hoyo para desovar. Los nueve comentábamos entre nosotros lo emocionante del momento, fíjate como sufre la pobrecilla, una lástima que no se puedan tomar fotos. Pero esta vez el guía no nos tranquilizó. Cualquier movimiento por nuestra parte podía asustar a la tortuga y hacerla volver al mar sin conseguir su objetivo. Una vuelta que supone un gran gasto de energía, energía que no le sobra, precisamente. Alguien se movió. La tortuga se asustó. Volvió sobre sus pasos y se perdió en el mar esperando un momento más tranquilo en que intentarlo de nuevo, si es que quedan fuerzas para intentarlo de nuevo.
En ese instante nos arrepentimos mucho, pero mucho, de haber ido allí, de haber contribuido a perturbar la vida de aquellas enormes tortugas con la excusa de que el espectáculo emociona. Nos preguntamos porqué coño no las dejábamos vivir en paz y prohibimos el acceso a la playa, si es que tan amantes de los animales somos, si es que hay algo de cierto en ese amor que tan bien queda proclamar. Deseamos que la justicia divina apareciera por una vez sobre la faz de la tierra y premiara a todos los turistas con la presencia masiva de tortugas gigantes en la sala de partos en que sus hijos vieran la primera luz. De hecho, si la naturaleza nos castiga con un hijo, invitaremos a unas cuantas de ellas para pedirles perdón y para que puedan comentar lo emocionante del momento, fíjate como sufre la pobrecita, una lástima que no se puedan tomar fotos.








































