El loco Iván
Íbamos montados en el coche, sí croquetillas, en coche de alquiler, cómo se nota que nos visitaba l’Àvia Croqueta; pues eso, que íbamos montados en el coche cuando, de pronto, nos encontramos con un control policial que paraba a todos los vehículos que circulaban por la carretera. Primer pensamiento, está conduciendo quien no debería estar conduciendo, manejaba Mamá Croqueta y sin embargo el coche estaba a nombre de Papá Croqueta. Así somos.
Pero afortunadamente la cosa no iba de eso. Dos amables policías informaban a los incautos turistas de que, unos metros más adelante, listillos que decían ser guías no eran guías, te cobraban la excursión por el parque mucho más cara de lo normal y te dejaban tirado a la mitad del recorrido; informaban, también, de que listillos que decían ser aparcacoches no eran aparcacoches, te ofrecían sus servicios cual piquete informativo cualquiera, mire que aquí hay mucho chorizo, que si no le vigilan el coche igual se lo roban, o se lo rompen, igual lo hago yo mismo; y luego ni vigilaban ni nada. Los de fiar son los de la camiseta amarilla, decían los policías, son los únicos que tienen permiso y los únicos honestos.
Vimos a los de amarillo y también a los supuestos chorizos y todos tenían el mismo aspecto de rateros. Así que, desoyendo los consejos de la autoridad, confiamos en el que tenía más cara de buena persona y pagamos religiosamente el chantaje por no volver y encontrarnos el coche hecho cisco.
Y mientras pensábamos que ya nos la han vuelto a clavar, que qué nombre tan raro ese de Manuel Antonio, parece más el de un cantautor reivindicativo de la transición, que vaya parque nacional de chichinabo, que si ya estamos con los putos monos cariblancos que te intentan joder tus pertenencias en cuanto te descuidas, que si ya podría la policía arrestar a lo supuestos chorizos en vez de avisar a los turistas de la presencia de supuestos chorizos, que si calla hombre, seguro que la pasma está compinchada con los de la camiseta amarilla y sacan tajada del asunto; mientras pensábamos en todo eso y muchas cosas más que ahora no recuerdo o que no escribo aquí porque hay niños delante, mientras estábamos así, pensando, que no hay que pensar tanto que es malísimo para la salud y, en según qué países, para el bolsillo; sin pensar ya habíamos vuelto a pagar diez dólares por entrar al dichoso parque.
Costa Rica style.







































