Autopista hacia el suelo
Sólo te dan una pista. Aparquen el coche apuntando a la puerta de salida por si se produjera una emergencia. Nada más.
Pagas diez dólares y empiezas la visita. Aunque estás en la montaña, los caminos son anchos y están bien cuidados, son autopistas de personas. Todo perfectamente delimitado, de esta raya para aquí, humanos, de esta raya para allá, monte.
Así vas paseando como si se tratara de una excursión dominguera cualquiera, en una montaña cualquiera, en los alrededores de una ciudad occidental cualquiera. Mira que árbol tan grande. Mira como corre la ardillita. Parece que va a llover. Qué guarros los turistas, otra bolsa de plástico por el suelo. Escucha, escucha, se oye los truenos allá a lo lejos. ¿Eso de ahí delante no es una baranda? ¡Virgen santa!
Y es que el camino ese tan civilizado acaba en un cráter del copón, enorme, humeante, que eso de que saque humo no puede ser normal, hombre, que esto va a petar. Claro, sabíamos que estábamos en un volcán, que se llamara volcán Poás nos dio una pista, también sabíamos que el volcán tenía un cráter y que estaba activo; pero ese camino tan coqueto no te prepara para lo que vas a ver, más bien te agudiza el shock.
Pedazo de hoyo terrorífico. La puerta del infierno. Además, explotar explota, el condenado. De vez en cuando mete un pedo y hay que evacuar a la peña a toda hostia. Así que la visión de ese humillo no tranquiliza mucho. Venga, rápido, la última foto y ya.
Luego, aunque sigas visitando el resto de la montaña, aquel lago instalado en un cráter muerto, aquellos cientos de mosquitos, aquella tormenta que se anunciaba y que ya arrecia, no puedes dejar de pensar en ese humillo que has dejado atrás, demasiado cerca todavía. Que a veces explota, coño, ¡que a veces explota!
Entonces llegas al parqueadero y, aunque no haya ninguna emergancia, agradeces haber aparcado el coche apuntando a la puerta de salida.







































