Otra de piratas
Llegas en lancha, corriente abajo, y lo primero que ves de El Castillo es el castillo, un castillo construido sobre una colina, es casi la colina, que da nombre a la población, es casi la población. También es el principal interés por el que la gente para en esta parte del río San Juan.
Sus aguas dan acceso directo al lago Nicaragua, que da acceso directo a Granada, situada en sus costas, donde, unos siglos atrás, los conquistadores españoles almacenaban grandes cantidades de oro del bueno. Los piratas transitaban gustosos por esa autopista para saquear el oro de Granada y claro, a los españoles no les pareció bien que les robaran el oro que tanto esfuerzo les había costado robar a ellos. Ignorando que los bucaneros se ganaban cien años de perdón en cada viaje, los súbditos del reino construyeron un peaje para que, al menos, les costara algo la gracia, aunque en aquella época los peajes eran un poco diferentes y estaban forrados de cañones, fusiles y demás aparejos que permitieran darle pal pelo a los desalmados amantes de lo ajeno.
Hoy, el castillo luce imponente. No en vano los herederos del imperio, Moratinos y sus secuaces, soltaron la pasta para restaurarlo y mantener bien alto el orgullo patrio. Con el castillo de nuevo en pie, la vida en el pueblo no ha cambiado demasiado. Ahora, en vez de esperar a los piratas esperan a los turistas y, mientras tanto, se distraen con los mismos pasatiempos de antaño, rascarse el ombligo, jugar a las cartas, conversar al calor de una cerveza o tirarse por los rápidos río abajo una y otra vez aprovechando su Dragon Khan natural. Que el agua esté plagada de cocodrilos y tiburones, sí amigos, tiburones de río, no parece importarles demasiado, después de todo se han pasado media dinastía repeliendo a malvados facinerosos de los mares.
El Castillo sigue funcionando como peaje. Se paga en tiempo y en la mosca que gastas durante ese tiempo. Si quieres seguir bajando por el río estás condenado a pasar allí unos días ya que sólo hay dos barcas por semana que cubran el trayecto. A no ser que planifiques bien tu viaje, cosa que nosotros ni contemplamos, así que estuvimos varados cuatro días a la sombra de la fortaleza, rascándonos el ombligo, jugando a las cartas y conversando al calor de una cerveza. Lo de tirarnos por el río nos lo saltamos, que no somos de estirpe conquistadora y nuestros ancestros nunca tuvieron unas palabras con piratas.







































