Una mujer en cada puerto
Siempre me han gustado las ciudades portuarias, sucias y canallas. Marsella es mi preferida en Francia, Nápoles en Italia. Creo que me hubiera gustado la Barcelona de los ochenta, la de antes de la cirugía estética, la de cuando el barrio chino se llamaba el barrio chino. No he visitado ninguna de las tres, de la Barcelona de los ochenta no me acuerdo, será por no destruir mitos, será porque no.
Llegar por vía marítima y que te reciban las putas, los ladrones, los bares, los futuros compadres, es todo lo que un viajero cansado puede desear. Así sucede en Bluefields, la principal ciudad de la costa caribeña nicaragüense. Se habla en inglés, de repente se habla en inglés, te reciben negros, de repente la mayoría de gente es negra, te dan la bienvenida buscavidas que antes de que respires ya te han ofrecido de todo. El descanso canalla del guerrero.
Las calles abarrotadas de gente y de ruido no ofrecen problemas para caminar de día pero de noche dicen que vayas con un lugareño o que no vayas, que te quedes en tu casita y nada de pendonear por ahí. Por supuesto no hicimos caso y lo pasamos en grande especulando qué nos iba a pasar al salir de éste o aquel bar, calculando cuanto tiempo necesitábamos para llegar a la siguiente parada y preguntándonos si mantendríamos la integridad de nuestros anos. Como tantas veces no sufrimos ninguna desgracia, como tantas veces, todas, los agoreros del holocausto se volvieron a equivocar.
Como moramos allá tres o cuatro días, ¿cómo se puede perder la percepción del tiempo de esta manera? teníamos que buscar un hogar y lo encontramos en el cyber vecino al hostal. Al minuto uno el dueño ya nos había pedido amistad en Facebook, al minuto dos ya nos había prestado una tarjeta SD para arreglar unos problemillas técnicos, al minuto diez ya había encargado a un amigo que nos acompañara a un restaurante de pescado, bueno, bonito y barato, que era de noche y no era cuestión de que los guiris fueran solos. En nuestra nueva casa pasamos muchas horas enganchados a Internet, quizás demasiadas, que ya parece bastante claro que nuestra adicción está confirmada, que hemos sido atrapados sin remedio en la puta red. Pero es que se está tan bien en casita…
Nos despedimos de la ciudad paseando entre callejas sucias y estrechas, camino del embarcadero escondido, camino de una aventura que deja a Bluefields como un lugar bonito y acogedor, aunque a mi, aún sin aventura posterior de por medio, esas son la belleza y hospitalidad que me gustan.







































