Souvenirs: El hippie y la rubia de bote
Era una mañana soleada en la que pajaritos, monos y humanos cantábamos al unísono mientras nos dirigíamos a visitar el cráter del Volcán Masaya. Todo iba bien hasta que nuestros caminos se cruzaron y al igual que en las películas de Disney cuando aparece el malo en escena, el cielo oscureció, las delicadas nubes blancas se convirtieron en amenazantes nubes negras dónde los rayos caían sin dar tregua y el volcán, hasta esa mañana tranquilo, despertó y empezó a soltar unos gases tan criminales que tuvimos que hacer la visita con máscaras antigás. Aún no sé si fue casualidad que ese maravilloso día se convirtiera en un infierno, sinceramente no lo sé.
Pasaron dos semanas, de nuevo era una mañana tranquila y soleada en la que cucarachas, ratas y humanos cantábamos al unísono mientras nos preparábamos para partir en barco de Bluefields hacia las Corn Island. Todo iba bien hasta que nuestros caminos se volvieron a cruzar y toda esa armonía que nos envolvía se fue disipando poco a poco. Un viento infernal amenazó las costas caribeñas de Nicaragua y nos dejó cinco días anclados en un puerto de mala muerte. Aún no sé si fue casualidad que el soleado día se convirtiera en cinco días de espera al calor de unas cervezas, bocadillos de Chóped, partidas de parchís, niños con clara vocación a ser hippies, ingleses borrachos y arañas asesinas, sinceramente no lo sé.
Llegamos a Little Corn Island y algún extraño magnetismo nos hizo permanecer juntos durante otra semana. Por supuesto no hace falta que cuente que lo que tenía que ser una semana de sol en una paradisíaca isla del caribe se convirtió en una semana de lluvias tropicales y vientos huracanados. Aún no sé si fue casualidad, sinceramente no lo sé.
A estas alturas de la historia tendrán curiosidad por conocer las identidades de las dos personas con las que compartimos gran parte de nuestra aventura por Nicaragua. Y si bien no puedo asegurar que la mala suerte nos la trajeron ellos, pues mundialmente es conocido nuestro gafe, estoy casi segura que la conexión que hay entre nosotros es un tanto peligrosa.
Ellos son el hippie y la rubia de bote, aunque para despistar se hacen llamar Lluís y Rosa.
El hippie es un hippie en toda regla, tiene unas rastas que le llegan hasta el culo, le gusta ir descalzo, ducharse poco y hacer pulseras. El dato más curioso a revelar sobre él es que lleva una mochila que pesa el doble que él y contiene una flauta, una gralla, un palo de hippie de estos que sólo utilizan los hippies para hacer cosas de hippies, 3 Kg de hilo para sus creaciones pulserísticas, un parchís, una hamaca, un botecito de aceite de oliva de su pueblo, etc… ya sabéis, cosas más muy útiles para un mochilero.
La rubia de bote, tal y como indica su nombre es rubia y de bote. Pero no se dejen llevar por los tópicos, ella no es como las otras. Detrás de su apariencia dulce y delicada habita una implacable y eficaz asesina de arañas gigantes. Es también una profesional del parchís, se puede pasar horas jugando, y si su contrincante es el hippie no para hasta que arrasa con la partida.
Una pareja un tanto extraña que se complementó de maravilla con las Croquetas, pero algo me dice que si nuestros caminos se vuelven a juntar algo grave pasará, no lo sé, quizá es casualidad, yo sinceramente no lo sé.







































