El calvario
Ven a mi escuela, ¡somos los mejores! ¡Yo te doy el hotel gratis! ¡Yo también y el mio es con agua caliente! ¡Yo te presto a mi madre que, aunque está ya viejita, se quita la dentadura postiza y la mama de escándalo!
Que sí, que sí, que si acaso ya me pasaría, que luego nos vemos, que sí, hombre, que ya me has explicado donde está tu tienda. Bajo la lluvia, intentábamos desembarazarnos de las hordas de vendedores agresivos que, con sus mandíbulas destrozándonos el cuello, intentaban enseñarnos a bucear en la mejor escuela de la isla, porque parece que hay doce mejores escuelas en la isla.
Cuando por fin nos pusimos a cubierto, empezamos el peregrinar en busca de nuestro hogar para los próximos dos meses. Nos habíamos hecho el firme propósito de visitar todas y cada una de las escuelas de buceo de Utila, analizar con calma las diferentes opciones y escoger la más croqueta de todas.
Resumen. En la primera nos acogió un señor con pocas ganas de vender. Aún así, nos tuvo media hora explicándonos en qué consistían los cursos y cuáles eran las bondades de su escuela. En la segunda nos tuvieron una hora completa detallando las bondades de la escuela y el contenido de los cursos. A la tercera ya llegábamos mojadetes después de tanto paseo bajo la lluvia. Le insinuamos al señor vendedor que resumiera el contenido de los cursos, que nos lo sabíamos ya de carrerilla y que se centrara en las bondades de la escuela. Por supuesto, no nos hizo ni puto caso y nos tuvo una hora de cháchara. A la cuarta llegamos empapados, ya casi con el moco colgando de la nariz, y ante nuestras protestas, que ésto ya lo sabemos, oiga, que no hace falta que nos lo explique otra vez, el tipo nos tuvo hora y media dale que te pego para al final decirnos que no estaba el jefe y que no nos podía dar un precio definitivo.
Calados hasta el relleno, decidimos que a tomar por culo las otras ocho escuelas, que ya habíamos tenido suficiente, que nos quedábamos en la de aquella chica que nos vendió tan bien la moto, que ya sólo nos importaba resguardarnos de la lluvia lo que quedaba del día, ponernos ropa seca y rogar por una pronta recuperación, porque de la neumonía no nos salvaba nadie.
Ya calentitos, mirando diluviar por la ventana, no nos importaba demasiado si habíamos escogido la mejor opción, con que saliera el sol, aunque fuera solo un poquito, nos conformábamos. Con lo bonicas que son la fotos del Caribe.







































