Ritos de iniciación
En muchos colectivos, sociedades o manadas, sobretodo en los más antiguos y bárbaros, perdura la costumbre del ritual de iniciación. Se trata de que el candidato a miembro realice una ceremonia en la que, mediante una serie acciones más o menos inocuas, más o menos degradantes, más o menos salvajes, manifiesta su voluntad de pertenecer al grupo, siempre exclusivo, siempre mejor que el resto, en el que quiere integrarse.
Estos ritos existen y existirán, están demasiado arraigados en nuestros genes, yo soy del grupo de los buenos y tu no, como para que la llamada civilización los haga desaparecer. Los cristianos rocían la cabeza de los recién llegados a su religión aún sin el consentimiento de los protagonistas. Yo fui una de sus víctimas. Los judíos van más allá y, si eres varón, te cortan el prepucio. Ignoro lo que hacen los musulmanes, pero barrunto que algo bestia harán. Recuerdo que en la universidad formábamos un grupo pseudomafioso y para entrar en él exigíamos un juramento gilipollas. Cuando firmas una hipoteca se escenifica la ceremonia con un notario que se lo lleva crudo por la cara y un banco que te presta la mitad del dinero que deberás devolver. Si no lo haces no se conformará con quitarte la casa, te desollará vivo hasta que considere la deuda saldada. Nunca mais.
El mundo del buceo no es ajeno a tan ancestrales costumbres y tiene su propio boato, a saber: cuando acabas el Divemaster se considera que entras a formar parte, como profesional, del mundo PADI, así que, por si no hubieras soltado ya suficiente mosca, se te exige que pagues el precio. Ese precio consiste en putearte delante de una multitud exaltada mediante graciosos juegos alcohólicos con motivos buceísticos. En primer lugar te visten con una máscara y un tubo y, embudo mediante, empiezan a vaciar toda clase de destilados por tu única vía de respiración hasta que no puedas beber más y pidas clemencia. Segunda prueba, te llenan la máscara de cerveza, o de ron, o de cualquier otro brebaje etílico, y debes vaciarla como se supone que se hace bajo el agua, soplando por la nariz, aunque los más intrépidos lo hacen bebiendo por la nariz. No me preguntéis cómo pero lo hacen. Una vez superado el trago, se te considera divemaster. Todo muy civilizado como se ve.
Las croquetas, por supuesto, tuvimos que pasar por semejante tortura como todo hijo de vecino, y cabe decir que nuestro pasado de excesos, alcohólicos y no alcohólicos, nos permitió superar la prueba con un éxito abrumador a pesar de la ley casi seca a la que nos estamos sometiendo. Aún con de lo bárbaro del asunto lo pasamos bien, sobretodo Mamá Croqueta, que siempre ha sido más asilvestrada que yo. Así pues, ya podemos considerarnos divemaster, miembros de otra secta a la que esta vez hemos entrado por voluntad propia. Habrán más, nuestra inconstancia existencial nos condena a ello, a vagar por cientos de mundos sin encontrar ninguno en el que quedarnos. Ni ganas.
Os dejamos el documento gráfico del snorkel test, así se llama el ritual, de nuestra compañera de fatigas Kamma, que como buena vikinga dejó el pabellón danés bien alto.






































