Como dios manda
Ya volvemos a tener una vida como dios manda. Se acabó el ir haciendo el haragán por los sitios, de autobús en autobús, de hostal en hostal, de país en país, de sorpresa en sorpresa.
Ahora disponemos de nuestra casita a la que volvemos todas las noches. Como dios manda. Ahora dormimos siempre en la misma cama. Como dios manda. Ahora disfrutamos de un trabajo que nos da para vivir justito, con nuestras responsabilidades y obligaciones. Como dios manda. Ahora vivimos instalados en una suave rutina y nos dejamos arrastrar por la corriente sin hacernos demasiadas preguntas. Como dios manda.
Así que después de once meses, hemos caído de nuevo en la trampa, hemos acabado viviendo como aborrecíamos, aunque, para ser justos, no es exactamente lo mismo.
Para empezar cambia el entorno. Utila no es Barcelona. Ni rastro de la prisa, de la contaminación, del prohibicionismo galopante, que imperan en nuestra antigua ciudad. También cambia la forma de ganarse la vida. Antes, una hora para ir al trabajo y otra para volver. En la oficina, la única emoción era adivinar de qué coño se quejarían aquel día los clientes, o sus jefes, o hasta dónde se bajarían los pantalones los tuyos, haciendo de tu empleo uno de los más desagradecidos de la historia de los empleos. Ahora, en cambio, cinco minutos para ir y diez para volver, que hace subida. En la oficina, perdón, en el océano, la emoción consiste en adivinar si hoy verás una morena verde, o una tortuga, o si nadarás con delfines, o si se animarán a aparecer los tiburones ballena. Los clientes, casi siempre agradecidos, te dan las gracias y besos y, si son americanos, propinas.
La última diferencia, la abismal, es que aquí se ve la luz al final del túnel, un túnel abierto y diáfano, un túnel que hoy no es túnel y que si algún día amenaza con oscurecerse abandonaremos corriendo por la salida de emergencia, huyendo a trabajar de lo mismo a otra parte, o a trabajar de otra cosa a otra parte, o a no trabajar de nada a otra parte. Lo que es seguro, o por lo menos pondremos todo nuestro empeño en que así sea, es que no entraremos de nuevo en aquel viejo túnel negro, en bajada y sin final que te engulle de la oficina a la tumba sin pasar por la casilla de salida.
Y si algún día entramos de nuevo, si nos vemos atrapado allí contra nuestra voluntad, o si a lo mejor, enajenados, cambiamos de parecer, si algún día pasa y alguien nos viene con este panfleto y nos dice ¿y ahora qué?, le diremos que tiene razón, que merecemos la recriminación, la colleja, la meada en la pierna, pero que fue bonito, glorioso, pensar así aquellos días en que pensábamos así.







































