Laberintos
Flores es una isla situada en medio de un lago y unida a la costa por una carretera que da al Burger King. Es tan pequeña que las calles le dan la vuelta en forma concéntrica, así que puedes pasarte horas y horas caminando por la misma acera pensando que vas recto y no, en realidad pasas cíclicamente por el mismo punto aunque no te des ni cuenta si sueles andar en la luna.
Esa isleña topografía tuvo la capacidad de nublar por completo mi sentido de la orientación, que tampoco diré que sea del otro mundo pero que tenerlo lo tengo. Salía a la calle y en segundos me encontraba completamente perdido, sin saber hacia donde ir, sin tener la más mínima idea de dónde estaba el bar en el que había tomado un café hacía menos de una hora. Sólo una certeza hallaba, la de que caminando por la calzada más cercana a la costa, si la encontraba, daría tarde o temprano con la carretera que daba al Burger King, fonda de mi alivio.
Creo que tal indefensión ante las circunferencias procede de la paralelepipidez espacial y mental de la ciudad en que crecí, que contaminó mis neuronas para que rechazasen los entornos diferentes en general y circulares en particular.
Otra certeza había. Da igual donde estuviera o quizás precisamente porque estaba siempre en el mismo lugar, cada atardecer encontraba, indefectiblemente, a un grupo de siete viejecitas, siete contadas, siempre las mismas, caminando con cirios encendidos y cantando cancionillas dedicadas a la virgen.
Laberintos y viejas beatas. Escalofriante. Ante tan aterrador panorama, yo que juré no volver a pisar unas ruinas, no tuve más remedio de largarme corriendo a las de Tikal, huyendo de tamaños fantasmas.






































