Noviembre 9, 2011
Después de una de esas fronteras de las que nos gustaban a nosotros, de las de carretera, río y carretera, llegamos a Palenque. Una vez allí, tras unos instantes de reflexión, descubrimos que todo había cambiado.
Nosotros que cruzamos mil fronteras, que dormimos en hoyos infectos, que viajamos en autobuses llenos de pollos, en barcos llenos de cerdos, que caminamos innumerables quilómetros con la mochila a cuestas, que nos dejamos violar antes de tomar un taxi, nosotros que fuimos mochileros, habíamos cambiado.
Desde que abandonamos Utila lo de pasear la mochila nos destroza la espalda, nos resistimos a pernoctar en dormitorios comunales compartidos con jipis desconocidos, los taxistas son nuestros mejores amigos, viajamos en autobuses de lujo, dejamos propina en los restaurantes, contratamos guías, cambiamos de acera si vemos un mochilero.
No sé qué fue lo que nos pasó. Quizás un año anclados en una isla nos aburguesó, o quizás simplemente nos hacemos viejos, o quizás después de tanto tiempo fuera de casa estamos hasta los cojones de mochilas, hostales y autobuses. No sé qué fue lo que nos pasó, lo que sí que sé es que a este ritmo de hoteles, restaurantes y autobuses de guardar, la pasta vuela y apuesto a que no nos comemos los turrones en la carretera.








Powered by Twitter Tools
